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junio 22, 2015

San Liberio, Papa

San Liberio, Papa
Septiembre 23 - 24

36 -Liberio: Roma; Mayo 17, 352 - Septiembre 24, 366. Nació en Roma. Elegido el 17.V.352, murió el 24.IX.366. Continúan las polémicas con los arianos que llevaron a la elección del anti papa Félix II. Echó los primeros cimientos de la Basílica de Santa María Mayor sobre el perímetro que el mismo trazó después de una nevada el 5 de agosto.

Legado de Liberio:
Colaboró con los primeros cimientos de la Basílica de Santa María Mayor

En la historia eclesiástica, es el primer papa cuyo nombre no aparece en el santoral; sin embargo, es considerado confesor y santo por las iglesias ortodoxas.
Fue Pontífice desde el año 352 al 366 d.C. Según el Catálogo Liberiano, el Papa San Julio I murió el 12 de abril, y Liberio fue consagrado el 22 de mayo. Como este día no cayó domingo, probablemente el día fue el 17 de mayo. Nada se sabe sobre su vida previa excepto que era un diácono romano. De Rossi le atribuye un epitafio conservado en una copia por un peregrino del siglo VII, seguido por varios críticos, incluido Duchesne. Los principales puntos en él son que el Papa confirmó la Fe Nicena en un concilio, y murió en el exilio por la fe, a menos que lo consideremos “un mártir por exilio”. Funk le atribuye el epitafio al Papa San Martín I. De Rossi, sin embargo, declaró que ningún epigrafista podía dudar de que los versos son del siglo IV y no del VII; aún así no es fácil adaptar las líneas a Liberio. El texto aparece en De Rossi, "Inscr. Christ. Urbis Romæ", etc., II, 83, 85, u Duchesne, "Liber Pontificalis", I, 209. Vea De Rossi en "Bull. Archeol. Crist." (1883), 5-62; y Von Funk en "Kirchengesch. Abhandl.", I (Paderborn, 1897), 391; Grisar en "Kirchenlex.", s.v.; Suvio, "Nuovi Studi", etc.

Primeros Años de Pontificado
Por la muerte de Constante (enero de 350), Constancio se había convertido en el amo de todo el imperio, y estaba inclinado a unir a todos los cristianos en una forma modificada de arrianismo. Liberio, como su predecesor Julio, mantuvo la absolución de San Atanasio en el Concilio de Sárdica, y convirtió las decisiones del Primer Concilio de Nicea en la prueba de la ortodoxia.

Después de la derrota final del usurpador Magnencio y su muerte en 353, Liberio, de acuerdo a los deseos de un gran número de obispos italianos, envió legados al emperador en Galia, suplicándole que celebrara un concilio. Constancio estaba presionando a los obispos de Galia para que condenaran a San Atanasio y reunió un número de ellos en Arles, donde estaba pasando el invierno. Los obispos de la corte, que siempre acompañaban al emperador, eran los dirigentes del concilio. Los legados papales (entre los que se encontraba Vicente de Capua, quien había sido uno de los legados papales en el Primer Concilio de Nicea) fueron tan débiles como para consentir en renunciar a la causa de Atanasio, con la condición de que todos condenaran el arrianismo. El partido de la corte aceptó el convenio, pero no llevó a cabo su parte; y los legados fueron obligados violentamente a condenar a Atanasio, sin ganar ninguna concesión para ellos. Al recibir la noticia, Liberio escribió a Hosio de Córdoba sobre su profunda pena sobre la caída de Vicente; él mismo deseaba morir, no sea que fuera imputado de haber consentido en la injusticia y la heterodoxia.


Otra carta en los mismos términos fue dirigida al Papa por el obispo Eusebio de Vercelli, quien antes había pertenecido al clero romano.

Antes de esto, había llegado a Roma una carta contra Atanasio, firmada por muchos obispos orientales. El emperador envió a Alejandría a un mensajero especial llamado Montano, el cual arribó allí el 22 de mayo de 353, para informar al patriarca que el emperador estaba deseoso de concederle una entrevista personal; pero Atanasio nunca había pedido esto; reconoció que se le estaba tendiendo una trampa, y no se movió. Se fue de Alejandría sólo al siguiente febrero, cuando Jorge, un arriano, fue nombrado obispo en su lugar, en medio de desgraciadas escenas de violencia. Pero ya Atanasio había efectuado un concilio en su propia defensa, pues ya había llegado a Roma a fines de mayo de 353 una carta a su favor, firmada por los setenta y cinco (u ochenta) obispos egipcios. Constancio acusó públicamente al Papa de evitar la paz y de suprimir la carta de los orientales contra Atanasio.

Liberio contestó con una digna y conmovedora carta (Obsecro, tranqullissime imperator), en la cual declaró que él leyó la carta de los orientales al concilio en Roma (probablemente un concilio aniversario, el 17 de mayo de 353), pero que como la carta que llegó de Egipto venía firmada por un gran número de obispos, era imposible condenar a Atanasio; él mismo nunca había deseado ser Papa, pero él había seguido a sus predecesores en todo. Él no podía hacer la paz con los orientales porque muchos de ellos se rehusaban a condenar a Arrio y estaban en comunión con Jorge de Alejandría, quien aceptaba a los sacerdotes arrianos que Alejandro había excomulgado hacía tiempo. Él se quejaba del Concilio de Arles y suplicaba que se convocara otro concilio, por medio del cual se reforzaría para el futuro la exposición de la fe que se había acordado en Nicea. La carta fue llevada al emperador en Milán por el obispo Lucifer de Cagliari (Calaris), el sacerdote Pancracio y el diácono Hilario, El Papa le pidió a San Eusebio de Vercelli que ayudara a los legados con su influencia, y luego le escribió de nuevo para darle las gracias por haberlo hecho.

De hecho, se acordó realizar un concilio en Milán, y éste se reunió allí cerca de la primavera de 355. Se persuadió a San Eusebio de que estuviese presente, y él insistió en que todo debía comenzar por la firma del decreto niceno. Los obispos de la corte se negaron. Se llamó a los militares. Constancio ordenó a los obispos cumplir su palabra y declarar culpable a Atanasio y condenarlo. Eusebio fue desterrado, junto con Lucifer y Dionisio de Milán. Liberio le envió otra carta al emperador, y sus mensajeros, el sacerdote Eutropio y el diácono Hilario, fueron también exiliados, además el diácono fue golpeado cruelmente. El arriano Auxentio fue nombrado Obispo de Milán. El Papa escribió una carta, generalmente conocida como “Quamuis sub imagine”, a los obispos exiliados, dirigiéndose a ellos como mártires, y expresando su pesar de no haber sido él el primero en sufrir para darle ejemplo a los demás; le pide sus oraciones para que él pueda ser digno de compartir el exilio de ellos.

El que éstas no eran meras palabras fue probado, no sólo por la noble actitud de protesta de Liberio durante los años anteriores, sino por su conducta posterior. Constancio no estaba satisfecho con la renovada condenación de Atanasio por los obispos italianos que se habían debilitado en Milán bajo presión. El sabía que el Papa era el único eclesiástico superior al obispo de Alejandría, y “luchaba con deseo ardiente”, decía el pagano Amiano, “ para que la sentencia fuera confirmada por la más alta autoridad del obispo de la Ciudad Eterna”. San Atanasio nos asegura que desde el principio los arrianos no prescindían de Liberio, pues ellos calculaban que si lo podían convencer, podrían pronto tener el control sobre todo el resto.

Constancio envió a Roma al prefecto de su alcoba, el eunuco Eusebio, un personaje muy poderoso, con una carta y regalos. “Obedece al emperador y toma esto” fue de hecho su mensaje, dice San Atanasio, quien procede a dar extensamente la respuesta del Papa: Él no podía decidir contra Atanasio, quien había sido absuelto por dos sínodos generales, y había sido despedido por la Iglesia Romana, ni podía condenar al ausente; ésa no era la tradición que había recibido de sus predecesores desde San Pedro; si el emperador deseaba la paz, debía anular lo que había decretado contra Atanasio y convocar un concilio sin el emperador, ni condes, ni jueces presentes, para que la Fe Nicena pudiera ser preservada; los seguidores de Arrio debían ser expulsados y su herejía debía ser anatematizada; los no ortodoxos no debían estar en el sínodo; primero se debía establecer la fe, y sólo luego entonces se podrían tratar otros asuntos; que los obispos de la corte de Panonia, Ursacio y Valente, no fueran considerados pues ya una vez habían repudiado sus malas acciones, y ya no eran dignos de crédito.

El eunuco se puso furioso y se fue con sus sobornos, los cuales dejó ante la confesión de San Pedro. Liberio reprendió severamente a los guardias del lugar sagrado por no haber evitado este inaudito sacrilegio. Desechó los regalos, lo cual enfureció aún más al eunuco, el cual le escribió al emperador que ya no era asunto de simplemente hacer que Liberio condenara a Atanasio, pues él fue tan lejos como para anatematizar a los arrianos formalmente. Constancio fue convencido por sus eunucos de enviar los oficiales palatinos, notarios y condes con cartas a Leoncio, prefecto de Roma, ordenando que Liberio fuera capturado ya fuera secretamente o mediante violencia, y despachado fuera de la corte.

Luego hubo una especie de persecución en Roma. Los obispos, dice San Atanasio, y damas piadosas eran obligados a esconderse, los monjes no estaban seguros, se expulsaba a los extranjeros, se vigilaban los puertos y portones. “El eunuco etíope”, continúa el santo, “cuando no entendía lo que leía, le creyó a Felipe; mientras que los eunucos de Constancio no le creen a Pedro cuando confiesa a Cristo, ni al Padre, cuando le revela a su Hijo.”---una alusión a las declaraciones de los Papas que al condenar el arrianismo hablaban con la voz de San Pedro y repetían su confesión, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, que el Padre mismo se lo había revelado al apóstol. Liberio fue arrastrado ante el emperador en Milán. Habló claramente y le pidió a Constancio que dejara de pelear contra Dios, y declarando su disposición para ir al exilio antes de que sus enemigos tuvieran tiempo de inventar cargos contra él.

Teodoreto ha conservado los minutos de una entrevista entre “el glorioso Liberio” y Constancio, que, según dice él, fueron anotados por gente buena de ese tiempo. Liberio se negó a reconocer la decisión del Concilio de Tiro y a abandonar a Atanasio; se trajo contra él falsos testigos, y Ursacio y Valente habían confesado otro tanto, y pidieron perdón por el Concilio de Sárdica. Epícteto, el intruso joven obispo de Centumcellæ, se interpuso, diciendo que Liberio sólo deseaba poder jactarse ante los senadores romanos que había derrotado al emperador con sus argumentos. “Quién eres tú”, añade Constancio, “para defender a Atanasio contra el mundo?” Liberio contesta: “Desde antiguo sólo se encontraron tres que resistieran al mandato del rey.” El eunuco Eusebio gritó: “Estás comparando al emperador con Nabucodonosor”. Liberio: “No, pero ustedes condenan a un inocente.” Él demandó que todos se debían suscribir a la fórmula de Nicea, que se llamara a los exiliados y que todos los obispos se reunieran en Alejandría para darle a Atanasio un juicio justo en el acto.

Epícteto: “Pero los medios de transporte público no serán suficientes para cargar a tantos.”

Liberio: “No serán necesarios, los eclesiásticos tienen suficiente dinero para enviar a sus obispos tan lejos como el mar.”

Constancio: Los sínodos generales no deben ser muy numerosos; tú sólo sostienes el juicio del mundo entero. Él nos ha injuriado a todos, y a mí sobre todo; no contento con el asesinato de mi hermano mayor, él pone a Constante también contra mí. Yo apreciaría una victoria contra él más que una contra Silvano o Magencio.”

Liberio: “No emplees los obispos, cuyas manos son para bendecir para tomar venganza de tus propios enemigos. Manda a reinstalar a los obispos y, si ellos concuerdan con la fe nicena, deja que consulten conforme a la paz del mundo, que un hombre inocente no sea condenado.”

Constancio: “Yo estoy deseoso por enviarte de vuelta a Roma, si te unes a la comunión de la Iglesia. Haz la paz y firma la condenación.”

Liberio: “Ya yo le dije adiós a los hermanos de Roma. Las leyes de la Iglesia son más importantes que la residencia en Roma.”

El emperador le dio al Papa tres días para considerar el asunto, y luego lo desterró a Beroea en Tracia; le envió quinientas piezas de oro para sus gastos, las cuales Liberio rechazó diciendo que Constancio las necesitaba para pagarle a sus soldados. La emperatriz le envió la misma cantidad, pero el se las devolvió diciendo: “Si él no las necesita, que se las dé a Auxentio o Epícteto, que le gustan tales cosas.” Eusebio el eunuco le trajo aún más dinero. “Ustedes han arruinado las Iglesias del mundo”, exclamó el Papa, “y ¿vienes a traerme limosnas como si fuera un hombre condenado? Vete y primero conviértete en un cristiano.”
Exilio.

Cuando Liberio salió de Roma todo el clero juró que no recibirían a ningún otro obispo. Pero pronto muchos de ellos aceptaron como Papa al archidiácono Félix, cuya consagración por el obispo arriano Acacio de Cesarea había sido arreglada por Epícteto por orden del emperador. La gente de Roma ignoró al antipapa. Constancio hizo su primera visita a Roma el 1 de abril de 357, y pudo ver por sí mismo el fracaso de su nominado. Él estaba consciente de que no había justificación canónica para el exilio de Liberio y la intrusión de Félix; en otros casos él siempre había actuado de acuerdo con la decisión de un concilio. También se sintió conmovido por la grandeza de la Ciudad Eterna---así lo afirma Amiano. Se sintió impresionado por las oraciones por el regreso del Papa claramente dirigidas a él por las más nobles de las damas romanas, cuyos esposos tuvieron la suficiente fortaleza para el riesgo. No hay razón para pensar que Félix fuera reconocido por ningún obispo fuera de Roma, excepto por el partido de la corte y unos pocos arrianos extremos, y la inflexible actitud de Liberio a través de la mayor parte de su destierro deben haberle causado más daño a la causa del emperador que su constancia cuando dejó Roma en paz.

No es sorprendente ver que Liberio regresó a Roma antes del 357, y que se rumoraba en el extranjero que él había firmado la condenación de San Atanasio y quizás algún credo arriano. Algunos críticos colocan su reinstalación en el 358, pero esto es imposible, pues San Atanasio nos dice que el soportó los rigores del exilio por dos años, y el "Gesta inter Liberium et Felicem episcopos", que forma el prefacio del "Liber Precum" de Faustino y Marcelino, nos dice que él regresó "al tercer año". La causa de su regreso es variamente relacionada. Teodoreto dice que las matronas romanas movieron a Constancio a restaurarlo, pero cuando fue leída su carta a Roma en el circo romano, diciendo que Liberio y Félix iban a ser los obispos mano a mano, los romanos se burlaron de ella y llenaron el aire con gritos de “Un Dios, un Cristo, un obispo”. El historiador arriano Filostorgio, y también Rufino, dicen que los romanos demandaban ardientemente el regreso del Papa.

Por otro lado, Sulpicio Severo da la causa como sediciones en Roma, y Sozomeno está de acuerdo. Sócrates es más preciso y declara que los romanos se levantaron contra Félix y lo expulsaron, y que el emperador fue [[Obligación|obligado a consentir. La versión en la “Crónica” de San Jerónimo es dudosa. Él dice que un año después de que el clero había perjurado ellos mismos fueron expulsados junto con Félix, hasta (o debido a) el regreso triunfal de Liberio a la ciudad. Si leemos “hasta que” entenderemos que después del regreso de Liberio el clero perjuro regreso a su alianza. Si leemos “debido a”, con el manuscrito antiguo, parecería que la expulsión de Félix fue posterior a y como consecuencia del regreso de Liberio. San Próspero de Aquitania parece haber entendido a Jerónimo en este último sentido. El prefacio al “Liber Precum” menciona dos expulsiones de Félix, pero no dice cuál de ellas fue previa al regreso de Liberio.

Por otro lado, el arriano Filostorgio relata que Liberio fue reinstalado sólo cuando él había consentido en firmar la segunda fórmula de [Sirmio]] que fue redactada después del verano de 357 por los obispos de la corte, Germinio, Ursacio y Valente; ésta rechazaba el término homoousion y homoiousios; y a veces era llamada la fórmula de [[Hosio de Córdoba|Hosio”, quien fue forzado a aceptarla ese mismo año, aunque San Hilario de Poitiers seguramente está equivocado al decir que su autor fue Hosio.

La misma historia sobre la caída del Papa es apoyada por tres cartas atribuidas a él en los llamados “Fragmentos Históricos” ("Fragmenta ex Opere Historico" in P.L., X, 678 sqq.) de San Hilario, pero Sozomeno nos dice que esa fue una mentira propagada por el arriano Eudoxio, quien acababa de invadir la sede de Antioquía. San Jerónimo parece haberla creído, pues en su “Crónica” dice que Liberio “conquistado por el tedio del exilio y subscribiéndose a la iniquidad de la herejía volvió triunfante a Roma”. El prefacio al “Liber Precum” también habla de que cedió ante la herejía. San Atanasio, escribiendo aparentemente a fines de 357, dice: “Liberio, al ser exiliado, se rindió a los dos años, y por miedo a las amenazas de muerte, firmó”, es decir, la condenación de Atanasio mismo (Hist. Ar., XLI); y de nuevo: “Si él no resistió la tribulación hasta el fin, aún así permaneció en el exilio durante dos años conociendo la conspiración contra mí.” San Hilario, escribiendo a Constantinopla en 360, se dirige a Constancio así: “No sé si fue mayor la impiedad con que lo desterraste que con la que lo reinstalaste”. (Contra Const., II).

Sozomeno cuenta una historia que no halla eco en ningún otro escritor. El narra que Constancio, después de su regreso de Roma, convocó a Liberio a Sirmio (357), y allí el Papa fue obligado por los líderes semiarrianos, Basilio de Ancira, Eustacio y Eleusio, a condenar el “Homoousion”; que fue inducido a firmar la combinación de tres fórmulas: (1) la del Concilio Católico de Antioquía de 267 contra Pablo de Samosata (en el cual se dice que se rechazó el Homoousion por tener tendencias sabelianas, (2) la de la asamblea de Sirmio que condenó a Fotino en 351, y (3) el Credo del Concilio Dedicatorio de Antioquía en 341. Estas fórmulas no eran precisamente heréticas, y se dice que Liberio le había arrancado a Ursacio y Valente una confesión de que el Hijo es “en todas las cosas similar al Padre”. De aquí que la historia de Sozomeno ha sido generalmente aceptada como que da un relato moderado de la caída de Liberio, admitiéndola como un hecho, y explicando por qué tantos autores la niegan implícitamente.

Pero la fecha de que poco después Constancio estuvo en Roma es imposible, pues los semiarrianos sólo se unieron a principios del 358, y su corta influencia sobre el emperador comenzó a mediados de ese año; de ahí que Duchesne y muchos otros afirman (a pesar del claro testimonio de Atanasio) que Liberio regresó sólo en 358. Aun más, Sozomeno menciona la presencia de los obispos orientales, y esto concuerda con el 357; él dice que Eudoxio diseminó el rumor de que Liberio había firmado la segunda fórmula de Sirmio, y esto cuadra con el 357 y no el tiempo de la ascendencia semiarriana. Además la fórmula de “en todas las cosas como” no era su distintivo en 358, pero les fue impuesta en el 359, después de lo cual la adoptaron, declarando que la misma incluía su fórmula especial “igual en substancia”. Ciertamente Sozomeno está siguiendo aquí la recopilación perdida del macedonio (es decir, semiarriano) Sabino, quien sabemos que fue poco confiable en cuanto a todo lo que concierne a su secta. Simplemente parece que Sabino tenía la historia arriana ante sí, pero la consideraba, probablemente correctamente, como una invención del partido de Eudoxio; él piensa que la verdad debió haber sido ésa, si Liberio firmó una fórmula sirmiana, fue la menos dañina de 351; si él condenó el “Homoousion” fue sólo en el sentido en el cual había sido condenado en Antioquía; él lo coloca aceptando el Credo Dedicatorio (el de los semiarrianos y todos los moderados orientales), y forzando a los obispos de la corte a aceptar la fórmula semiarriana de 359 y después. Él añade que los obispos en Sirmio le escribieron a Félix y al clero romano, pidiendo que tanto Félix como Liberio fueran aceptados como obispos. Es increíble que hombres como Basilio y su partido hubiesen hecho esto.

Últimos años de Liberio
Cuando Liberio regresó, los romanos no podían haber sabido que Liberio había caído, pues San Jerónimo (quien es tan amigo de contarnos sobre la simplicidad de su fe y la delicadeza de sus oídos piadosos) dice que él entró a Roma como un conquistador. Es muy claro que ni siquiera se suponía que él había sido conquistado por Contancio. No han ninguna señal de que nunca haya admitido su desliz. En 359 se celebraron los concilios simultáneos de Seléucida y Rimini. En este último (vea Concilio de Rimini, donde la mayoría de los obispos eran ortodoxos, la presión y demoras, y las maquinaciones secretas del partido de la corte entramparon a los obispos al error. El Papa no estaba presente ni envió a sus legados. Después del concilio, pronto se conoció su desaprobación, y después de la muerte de Constancio a fines de 361 el pudo anularlo públicamente, y decidir, más que lo que decidió un concilio en Alejandría bajo San Atanasio, que los obispos que habían fallado podían ser reinstalados con la condición de que probaron la sinceridad de su arrepentimiento por su celo contra los arrianos. Cerca de 366 él recibió una delegación de los semiarrianos dirigida por Eustacio; primero los trató como arrianos (lo cual el no podía haber hecho si se les hubiese unido), y les insistió a que aceptaran la fórmula de Nicea antes de poder recibirlos a la comunión; él no se daba cuenta que muchos de ellos después de tornarían inseguros sobre el tema de la Divinidad del Espíritu Santo. También sabemos por San Siricio que, después de anular el Concilio de Rimini, Liberio emitió un decreto prohibiendo el rebautismo de los bautizados por los arrianos, lo cual era practicado por los cismáticos de Lucifer de Cagliari.

Cartas Falsificadas
En los fragmentos de San Hilario de Poitiers está incluida una serie de cartas de Liberio. El Fragmento IV contiene una carta, “Studens paci”, junto con un comentario muy corrupto sobre él por San Hilario. La carta ha sido usualmente considerada una falsificación desde que Cesare Baronio (2da. Ed.), y Duchesne expresaron la opinión común cuando dijeron en su "Histoire ancienne de l'Eglise" (1907) que San Hilario quería que entendiésemos que era espuria. Pero Tillemont defendió su autenticidad, y ha sido apoyada por Schiktanz y Duchesne (1908), todos escritores católicos. Hermant (citado por Pierre Coustant), seguido por Savio, creyeron que la carta fue insertada por un falsificador en lugar de una carta genuina, y él tomó las primeras palabras del comentario de San Hilario como serio y no irónico: “¿Qué en esta carta no procede de la piedad ni del temor de Dios?” En este documento Liberio es colocado como dirigiéndose a los obispos arrianos de Oriente, y declarando que al recibir una epístola de los obispos orientales contra San Atanasio, la cual había sido enviada a su predecesor Julio, él había vacilado en condenarlo pues su predecesor lo había absuelto, pero que él había enviado legados a Alejandría para citarlo a Roma.

Atanasio se había negado a venir, y Liberio al recibir nuevas cartas de Oriente lo había excomulgado y estaba ahora ansioso de comunicarse con el partido arriano. Duchesne piensa que esta carta fue escrita en el exilio al comienzo de 357, y que Liberio ciertamente había enviado a un embajador (en 352-53), sugiriendo que Atanasio debía venir a Roma; ahora en su exilio el recordó que Atanasio se había excusado, y alegó que era un pretexto para condenarlo. Sin embargo, parece inconcebible que después de apoyar heroicamente a Atanasio por años, y habiendo sufrido el exilio por más de un año, en vez de condenarlo, Liberio debía motivar su presente debilidad a la desobediencia del santo sobre la cual él no había testificado resentimiento durante todo este tiempo. Por el contrario, los comentarios de San Hilario parecen llanamente implicar que la carta había sido falsificada por Fortunatio, metropolitano de Aquilea, uno de los obispos que condenaron a Atanasio y se unieron al partido de la corte en el Concilio de Milán en 355. Parece que Fortunatio trató de excusar su propia caída, pretendiendo que el Papa (que estaba todavía en Roma) le había confiado que llevara esta carta al emperador, “pero Potamio y Epícteto no creyeron que fuera genuina cuando condenaron al Papa con gozo (como dijo de ellos el Concilio de Rimini)”, tampoco lo hubiesen condenado al exilio, “y Fortunatio se la envió también a muchos obispos sin obtener de ella ninguna ganancia”.

Y luego San Hilario procede a declarar que Fortunatio luego se había condenado él mismo por omitir mencionar cómo Atanasio había sido absuelto en el Concilio de Sárdica después de la carta contra él enviada al Papa Julio por los orientales, y cómo le había llegado a Liberio una carta de un concilio en Alejandría y todo Egipto a favor de Atanasio, como antes a Julio. San Hilario apela a documentos que siguen, evidentemente la carta (antes mencionada) “Obsecro” al emperador, en la cual Liberio testifica que el recibió la defensa de los egipcios al mismo tiempo que la acusación de los arrianos. La carta “Obsecro” forma el fragmento V, y parece que en la obra original estaba inmediatamente seguida por el fragmento VI, el cual comienza con la carta de Liberio a los confesores, “Quamuis sub imagine” (probando cuan firme era en apoyar la fe), seguida por citas de cartas a un obispo de Espoleto y a Hosio, en la cual el Papa deplora la caída de Vicente de Arles. Estas cartas son incuestionablemente genuinas.

Éstas continúan en el mismo fragmento un párrafo que declara que cuando Liberio estaba en el exilio, revocó todas estas promesas y acciones, y le escribió a los malvados prevaricadores arrianos las tres cartas que completan el fragmento. Éstas corresponden a las cartas auténticas que han precedido, cada una a cada una: la primera, "Pro deifico timore" es una parodia de "Obsecro"; la segunda "Quia scio uos", es una revocación de todo lo dicho en "Quamuis"; la tercera, "Non doceo", es una palinodia, dolorosa de leer, de la carta a Hosio. Las tres son claramente falsificadas, compuestas para su posición presente. Ellas defienden la autenticidad de “Studens paci”, que ellos dicen que fue enviada al emperador desde Roma por manos de Fortunatio; las cartas genuinas no son discutidas, pero se muestra que Liberio cambió de opinión y escribió la “Studens paci”; que a pesar de esto fue exiliado, debido a las maquinaciones de sus enemigos, por lo cual escribió “Pro deifico timore” a los orientales, asegurándoles que no sólo había condenado a Atanasio en “Studens paci”, ero que Demófilo, el obispo de Beroea (reprobado como hereje en “Obsecro”) le había explicado la fórmula de Sirmio de 357, y que él la había aceptado gustosamente.

Esta fórmula censuraba igualmente las palabras “Homoousion” y homoiousios; había sido redactada por Geminio, Ursacio y Valente. “Quia scio nos” está dirigida precisamente a estos tres obispos de la corte y Liberio les suplica que le rueguen al emperador por su reinstalación, así como en “Quamuis” le había rogado a los tres confesores que oraran a Dios que él también fuera desterrado. “Non doceo” parodia la pena de Librerio por la caída de Vicente; es dirigida a Vicente mismo y se suplica que convoque una reunión de los obispos de Campaña y que le escribieran una carta al emperador pidiendo la reinstalación de Liberio. En la segunda y tercera cartas hay anatemas dispersos “al prevaricador Liberio”, atribuidos a San Hilario por el falsificador. El falsificador es claramente uno de los seguidores de Lucifer de Cagliari, cuya herejía consistía en negar toda la validez de los actos de los obispos que habían vacilado en el Concilio de Rimini en 359; mientras que el Papa Liberio había emitido un decreto admitiendo su reinstalación luego de su sincero arrepentimiento, y también condenaba la práctica luciferina de rebautizar a aquellos que habían sido bautizados por los obispos flojos.

Los antedichos “Fragmentos” de San Hilario han sido escrutados recientemente por Wilmart, y aparece que ellos pertenecían a dos libros diferentes, uno escrito en 356 como una apología cuando el santo fue enviado al exilio por el Sínodo de Béziers, y el otro escrito poco después del Concilio de Rimini para la instrucción (dice Rufino) de los obispos caídos; su título era “Liber advesus Valentem et Ursacium”. Las cartas de Liberio pertenecían a este último trabajo. Rufino nos dice que fue interpolada---él implica esto de la edición completa---y que Hilario fue acusado en un concilio como la razón de estas corrupciones; él las negó, pero fueron encontradas en el libro descubierto en su propia morada, y San Hilario fue excomulgado del concilio. San Jerónimo negó todo conocimiento del incidente, pero Rufino ciertamente habló con buena evidencia, y su historia cuadra exactamente con el propio relato de San Hilario sobre un concilio de diez obispos que se reunieron por su pedido urgente en Milán cerca de 364 para tratar sobre Auxentio, a quien acusaban de arriano.

Este último se defendió con expresiones ambiguas, y los obispos tanto como el emperador ortodoxo Valentiniano estuvieron satisfechos; San Hilario, por el contrario, fue acusado de herejía por Auxentio, y de juntarse con San Eusebio de Vercelli para alterar la paz, y fue desterrado de la ciudad. No se menciona de qué herejía era acusado, ni sobre qué fundamentos; pero debe haber sido por luciferismo, y Rufino nos informa sobre las pruebas que se presentaron. Es interesante que los fragmentos del libro contra Valente y Ursacio contengan todavía en las cartas falsificadas de Liberio (y quizás también en una atribuida a San Eusebio) una parte de la falsa evidencia en la cual un Doctor de la Iglesia fue echado de Milán y aparentemente excomulgado.

Parece que cuando San Hilario escribió su libro “Adversus Constantium” en 360, justo antes de su regreso del exilio en Oriente, el creía que Liberio había caído y había abandonado a San Atanasio; pero sus palabras no son muy claras. De todos modos, cuando él escribió su “Adversus Valentem et Ursacium” luego de su regreso, él mostró que la carta “Studens paci” era una falsificación, añadiéndole como apéndices unas cartas nobles del Papa. Esto parece probar que los luciferinos estaban usando el “Studens paci” después del Concilio de Rimini para demostrar que el papa, quien ahora en su opinión era muy indulgente con los obispos caídos, había sido culpable él mismo antes de su exilio de una traición peor a la causa católica. En su opinión, tal caída podría anular su dignidad papal e invalidar sus actos subsiguientes. El que San Hilario se haya tomado mucho trabajo en probar que el “Studens paci” era falso hace evidente que él no creía que el Papa Liberio había caído subsiguientemente en su exilio; de lo contrario su trabajo era inútil. En consecuencia San Hilario se convierte en un testigo fuerte de la inocencia de Liberio.

Si San Atanasio creía en su caída, esto fue cuando él estaba escondido, e inmediatamente después del supuesto evento; él fue aparentemente engañado en el momento por los rumores difundidos por los arrianos. El autor del prefacio del “Liber Precum” de Faustino y Marcelino es un Ursiniano disfrazado de luciferino para tomar ventaja de la tolerancia concedida a esta secta, y él toma un punto de vista luciferino sobre Liberio; posiblemente él siguió la “Crónica” de San Jerónimo que parece estar siguiendo las cartas falsificadas; pues Jerónimo conocía el libro de San Hilario “Contra Valente y Ursacio”, y se negó a aceptar la afirmación de Rufino de que había sido interpolado. En su relato sobre Fortunatio (De Viris Illust., XCVII) él dice que este obispo “era infame por haber tronchado la fortaleza de Liberio y haberlo inducido a firmar la herejía, y esto en su camino al exilio”. Esto es increíble, pues San Atanasio dice dos veces que el Papa estuvo exiliado dos años completos. Evidentemente San Jerónimo (que era muy descuidado sobre historia) se había enterado de la historia de que Fortunatio tenía una carta de Liberio en sus manos después del concilio de Milán, y él concluye que él debió haber encontrado a Liberio cuando éste pasaba por Aquilea en su camino a Tracia; es decir, Jerónimo había leído las cartas falsificadas pero no las había entendido.
Rufino, que él mismo era de Aquilea, dijo que él no podía encontrar si Liberio cayó o no. Esto es tanto como decir que, conociendo necesariamente las afirmaciones de San Jerónimo, él no podía descubrir en qué se basaban. Él mismo no fue engañado por las falsificaciones y ciertamente no había otros fundamentos.

No falta evidencia positiva a favor de Liberio. Cerca de 432 San Próspero reeditó y continuó la “Crónica” de San Jerónimo, pero fue cuidadoso de omitir las palabras tædio victus exilii al referirse al regreso de Liberio. San Sulpicio Severo (403) dice que Liberio fue reinstalado ob seditiones Romanas. Una carta del Papa San Anastasio I (401) lo menciona con Dionisio, Hilario y Eusebio, como uno de los que prefería morir antes que blasfemar a Cristo con los arrianos. San Ambrosio lo recordaba como un hombre extremadamente santo. Sócrates ha colocado el exilio de Liberio después del Concilio de Milán, aunque demasiado descuidado siguiendo el orden de Rufino; distinto a Rufino, sin embargo, el no tiene dudas sobre la caída de Liberio, pero da como razón suficiente para su regreso la revuelta de los romanos contra Félix II y él ha omitido expresamente la historia que Sozomeno tomó de Sabino, un escritor de cuya buena fe Sócrates tenía muy baja opinión. Para Teodoreto Liberio es un glorioso atleta de la fe; él nos dice más de él que ningún otro escritor, y lo dice con entusiasmo.

Pero los argumentos más fuertes para la inocencia de Liberio son a priori. Si él se hubiera adherido al emperador durante su exilio, el emperador hubiera publicado su victoria a lo largo y a lo ancho; no habría habido duda posible acerca de ello; hubiese sido más notoria incluso que la ganada sobre Hosio. Pero si fue liberado porque los romanos lo reclamaban de vuelta, porque su deposición no había sido canónica, porque su resistencia había sido heroica, y porque Félix no era reconocido generalmente como Papa, entonces podríamos estar seguros de que él hubiese sido sospechoso de haber hecho algún compromiso con el emperador, los arrianos y los felicianos igualmente, y los luciferinos no hubiesen tenido dificultad en diseminar un informe sobre su caída y en ganar crédito por ello. Es difícil de ver cómo Hilario en el destierro y Atanasio escondido podrían descreer tal historia, cuando oyeron que Liberio había regresado, aunque los demás obispos estaban todavía desterrados.

Además, el decreto del Papa después de Rimini, que los obispos caídos no podían ser reinstalados a menos que mostraran su sinceridad a través de la fortaleza contra los arrianos, hubiese sido risible, si él mismo hubiese caído anteriormente, y no hubiese dado satisfacción pública por su pecado. Así, podemos estar muy ciertos de que él no hizo ninguna confesión pública de haber caído, ninguna retractación, ninguna reparación.

Las cartas falsificadas y aún más las fuertes palabras de San Jerónimo han perpetuado la creencia en su culpabilidad. El “Liber Pontificalis” lo coloca como regresando del exilio a perseguir a los seguidores de Félix, quien se convierte en un mártir y en un santo. San Eusebio, mártir, es representado en sus Actas como un sacerdote romano, ejecutado por el arrianizante Liberio. Pero la curiosa “Testa Liberii”, aparentemente del tiempo del Papa San Símaco no hace ninguna alusión clara a la caída. El martirologio jeronimiano da su deposición tanto el 23 de septiembre como el 17 de mayo; en la primera fecha él es conmemorado por Wandalberto y por alguno de los manuscritos agrandados de Usuardo. Pero él no aparece en el Martirologio Romano.

Juicios Modernos sobre el Papa LiberioLos historiadores y críticos modernos han estado muy divididos en cuanto a la culpabilidad de Liberio. Stilting y Zaccaria son los más conocidos de los primeros defensores; en el siglo XIX, Palma, Reinerding, Joseph Hergenröther, Bernard Jungmann, Grisar, Feis, y recientemente, Savio. Estos se han inclinado a dudar de la autenticidad de los testimonios de San Atanasio y San Jerónimo sobre la caída de Liberio, pero sus argumentos, aunque serios, apenas llegan a una probabilidad real contra estos textos. Por otro lado, los escritores protestantes y galicanos han sido severos con Liberio (por ejemplo, Moeller, Barmby, el ex católico Langen, y Döllinger), pero ellos no han pretendido decidir con certeza cuál fórmula arriana él firmó. Con éstos se puede agrupar a Renouf y últimamente a Schiktanz. Una visión más moderada es representado por Hefele, quien negó la autenticidad de las cartas, pero admitió la verdad sobre la historia de Sozomen, considerando la unión del Papa con los semiarrianos como un error deplorable, pero no una caída en la herejía. Él es seguido por Funk y Duchesne (1907), mientras que el protestante Krüger está indeciso.

La opinión más reciente, brillantemente expuesta por Duchesne en 1908, es que Liberio, temprano en 357 (porque el prefacio del “Liber Precum” coloca a Constancio hablando en Roma en abril a mayo como si Liberio ya hubiese caído) escribió la carta “Studens paci”, y encontrando que no satisfacía al emperador, firmó la indefinida e insuficiente fórmula de 351, y escribió las otras tres disputadas cartas; los líderes arrianos todavía no quedaron satisfechos, y Liberio sólo fue reinstalado en Roma cuando los semiarrianos pudieron influenciar al emperador en 358, después que Liberio había acordado con ellos, según relata Sozomeno. Los puntos débiles de esta teoría son los siguientes: No hay ninguna autoridad para la caída tan temprano como a comienzos de 357, pero una palabra causal en el documento se refería a lo anterior; la “Studens paci” no tiene sentido en una fecha tan tardía; la carta “Pro deifico timore” llanamente significa que Liberio había aceptado la fórmula de 357 (no la de 351), y si lo hubiese hecho, él hubiese sido reinstalado de inmediato; la historia de Sozomeno no es confiable, y Liberio debió haber regresado en el año 357.

Debe notarse cuidadosamente que el asunto de la caída de Liberio es uno que ha sido libremente debatido entre los católicos. Nadie pretende que, si Liberio firmó la fórmula más arriana en el exilio, lo hizo libremente, por lo tanto no está envuelta la cuestión de su infalibilidad. Es admitido por todos que su noble actitud de resistencia antes y durante su exilio no es desmentida por ninguno de sus actos después del regreso, que de ningún modo él fue manchado cuando tantos fallaron en el Concilio de Rimini, y que actuó vigorosamente a través de todo Occidente para la sanación de las dolorosas heridas. Si realmente armonizó con los herejes, si condenó a Atanasio, o aun si negó al Hijo de Dios, fue una debilidad humana momentánea, que no compromete al papado más que la negación de Pedro.

Las cartas de Liberio, junto con su sermón cuando la hermana de San Ambrosio consagró su virginidad, (conservadas por dicho Padre, "De Virg.", I, II, III), y el diálogo con el emperador (Teodoreto, Historia de la Iglesia se encuentran en la “Epistolæ Rom. Pont." (reimpresa en P.L. VIII) de Pierre Coustant. Una edición crítica de los manuscritos de las tres epístolas espurias de San Hilario, 'Frag.' VI, en "Revue Bénéd." (enero de 1910).
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Bibliografía: STILTING en Acta SS., Sept., VI (1757), 572; TILLEMONT, Mémoires, VI; ZACCARIA, Dissertatio de commentitio Liberii lapsu in PETAVIUS, Theol. dog., II, II (1757); PALMA, Prælectiones Hist. Eccl., I (Rome, 1838); REINERDING, Beiträge zur Honorius und Liberiusfrage (1865); LE PAGE RENOUF, La Condena del Papa Honorio (Londres, 1868); HEFELE, Conciliengeschichte, I (2nd ed. Y las últimas; Eng tr. vol. II, 1876); JUNGMANN, Dissertationes selectæ, II (Ratisbona y Nueva York, 1881); BARMBY en Dict. Christ. Biog., s.v.; HERGENRÖTHER, Kirchengesch., I, (1884) 374; GRISAR en Kirchenlex., s.v.; FEIS, Storia di Liberio Papa e dello scisma dei Semiariani (Rome, 1894); MOELLER-SCHUBERT, Lehrbuch der Kirchengesch., I (Leipzig, 1902); LOOFS in Realencyklopädie für protestantitsche Theologie und Kirche, s.v. Hilarius; KRUGER, ibid., s.v. Liberius; SCHIKTANZ, Die Hilariusfragmente (Breslau, 1905); SALTET, La formation de la légende des papes Libère de 357, ibid. (Dec., 1907); WILMART, L'Ad Contstantium liber I de S. Hilaire in Revue Bénéd. (abril y julio de 1907); IDEM, Les Fragments historiques et le synode de Béziers, ibid. (April, 1908); IDEM, La question du pape Libère, ibid. (July, 1908); DUCHESNE, Libère et Fortunatien in Mélanges de l'école française de Rome, XXVIII, i-ii (Jan.-April, 1908); SAVIO, La questione di papa Liberio (Rome, 1907, una respusta a SCHIKTANZ); IDEM, Nuovi studi sulla questione di papa Liberio (Rome, 1909; en respuesta a DUCHESNE); FEDER, Studien zu Hilarius von Poitiers, I, in Sitzungsber. der K. Akad. Wiss. von Wien (Vienna, 1910), sigue a DUCHESNE.
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Fuente: Chapman, John. "Pope Liberius." The Catholic Encyclopedia. Vol. 9. New York: Robert Appleton Company, 1910. <newadvent.org>.
Traducido por Luz María Hernández Medina.
Tomado de: ec.aciprensa.com

octubre 12, 2013

San Félix IV, Papa

San Félix IV, Papa
Septiembre 22 - Octubre 12 - Noviembre 22

54 -San Felix IV (III): Sammium; Julio 12, 526-Septiembre 22, 530.
Nació en Benevento. Elegido el 12.VII.526, murió el 22.IX.530. Arbitrariamente nombrado Papa por Teodorico demostró lealtad a la Iglesia a tal punto que el Rey ostrogodo lo repudió y lo desterró. A su muerte los cristianos tuvieron libertad de culto.
S. FELIX IV (526-530) Acaso naciera en Benevento. Seguramente lo impuso Teodorico, pero le aceptaron considerando el clima de terror que se respiraba. Teodorico murió algunas semanas después y así cesaron las persecuciones, gracias también a las buenas relaciones entre el papa y Amalasunta, regenta del nuevo rey-niño Atalarico. Félix obtuvo que el obispo de Roma fuera árbitro en las contiendas entre clérigos y laicos, por encima de los tribunales civiles. Por su parte dispuso que no se ordenaran sacerdotes los aspirantes que no dieran muestras de una fuerte y sólida vocación.

Estaba enfermo. Una de sus mayores preocupaciones fue que a su muerte la Iglesia pudiera vivir momentos de tensión o cismas por la sucesión, por lo cual se valió de un edicto de Símaco del año 529, para designar a su propio sucesor. Entregó el palio al archidiácono Bonifacio, que de hecho le sucedería.

En aquellos años, se difundió en Italia el monacato benedictino y se construyó la famosa abadía de Monte Cassino.
Félix IV, (Samnio, ¿? – † Roma, 22 de septiembre de 530). Papa de la Iglesia católica de 526 a 530.

Hijo de un tal Castorius, fue impuesto como papa por el rey ostrogodo Teodorico el Grande, quien había encarcelado y martirizado a su antecesor en el pontificado, Juan I.

Durante su pontificado condenó la doctrina del semipeliagianismo en una epístola que dirigió a Cesáreo de Arlés.

Asimismo, en 529, publicó un edicto por el que nombraba sucesor a Bonifacio II lo que provocaría a su muerte, el 22 de septiembre de 530, un breve cisma en la Iglesia al elegir la mayoría del clero a Dióscuro.

Este papa es referenciado en algunas listas como Félix III debido a que las mismas excluyen al antipapa Félix II que no obstante, en un principio, fue considerado como legítimo por la Iglesia.

Este papa es referenciado en algunas listas como Félix III debido a que las mismas excluyen al antipapa Félix II que no obstante, en un principio, fue considerado como legítimo por la Iglesia.
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septiembre 28, 2013

Juan Pablo I, Papa

Siervo de Dios, Juan Pablo I, Papa
Septiembre 28

263 -Juan Pablol I (Albino Luciani): Forno di Canale (Belluno); Agosto 26 (septiembre 3) -septiembre 28, 1978. Nació en Forno di Canale (Belluno). Elegido el 26-VIII-1978, murió el 28-.IX-1978. Fue el primer Papa de imponerse un doble nombre. No quiso la ceremonia de la coronación. Reinó 33 días: murió de infarto. Se le llamó el Papa de la sonrisa.
 (17/10/1912 - 28/09/1978)
"Personalmente, cuando hablo solo con Dios y la Virgen, más que adulto prefiero sentirme niño"

Nació el 17 de octubre de 1912, en Forno di Canale (hoy Canale d'Agordo), diócesis de Belluno, Italia. Hijo de Giovanni Luciani y Bortola Tancon, fue el mayor de cuatro hermanos. Tras el fallecimiento de su madre, su padre contrajo matrimonio con una mujer de firmes principios católicos.

En el año 1923, Albino ingresa en el seminario menor de Feltre, y 1928, en el seminario de Belluno donde el 7 de julio de 1935 recibió la ordenación sacerdotal. Se traslada a Roma donde continua sus estudios teológicos en la universidad Gregoriana. En 1937, regresa a su pueblo. Fue capellán en las parroquias de Forno di Canale y Agordo y dio clases de religión en el Instituto Técnico Minero. Es nombrado vicerrector del Seminario Gregoriano de Belluno donde enseña diversas materias: teología dogmática, moral, derecho y arte sacro.

En el año 1947, consigue el Doctorado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, siendo este mismo año nombrado Pro-vicario de la diócesis de Belluno. Dos años más tarde, organiza el Congreso Eucarístico de Belluno y publica su libro "Catequesis en migajas". En 1954, es nombrado Vicario general de la diócesis de Belluno, ejerciendo su ministerio durante once años.

En 1958 el Papa Juan XXIII, en Roma, lo consagraba Obispo para la diócesis de Vittorio Veneto, cerca de Venecia. En el año 1962, se inicia su participación en el Concilio Vaticano II. El 15 de diciembre de 1969 el Papa Pablo VI lo nombra patriarca de Venecia, y el 5 de marzo de 1973 es creado cardenal por el mismo Papa. De 1973 a 1976 fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Participó en los Sínodos de los Obispos de 1971, 1974 y 1977.

En el año 1976 se publica su libro "Illustrissimi". El 26 de agosto de 1978, en un cónclave que duró un día, y fue el más grande hasta entonces en cuanto al número de cardenales asistentes, fue elegido como 263º sucesor de San Pedro tomando un nombre doble por primera vez en la historia de los Papas, Juan y Pablo. El 3 de septiembre empezó su ministerio oficial, con una Misa celebrada en la Plaza de San Pedro.

Juan Pablo I falleció el 28 de septiembre de 1978, treinta y tres días después de su elección.
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Fuente: buscabiografias.com
 
Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912, en el seno de una familia humilde, en Canale d’Agordo, pueblecito del Valle de Cordevole, en la provincia de Belluno (Italia). Fue bautizado casi inmediatamente después de nacer en la casa de la comadrona, por considerarse que su vida peligraba.

En Canale d’Agordo, de marzo a octubre se quedaban sólo las mujeres y los niños, pues no había trabajo en la comarca por ser una de las más desoladas de Italia. Los hombres se iban lodos, unos a Alemania, otros a Suiza. El padre de Albino no fue una excepción.

Con el marido en el extranjero, la madre de Albino, Bortola Tancon, llevaba prácticamente todo el peso de la familia. Era una mujer sencilla, muy católica. Se sabía casi todo el catecismo de San Pío X de memoria, y lo enseñaba a sus hijos, a veces mientras los lavaba y los vestía.
Albino vivió los años de su infancia en medio de padecimientos y estrecheces, por lo que su salud se resintió. Fueron tiempos de mayor pobreza en la región, en los que se comía poco, lo que se podía: a veces, hasta las raíces silvestres de los prados condimentadas con un poco de mantequilla. Sin embargo Albino era un niño muy vivo.

A los diez años, manifestó a su madre el deseo de ser sacerdote. Bortola le sugirió que hablase con el párroco, don Filippo Carli. El párroco aconsejó al muchacho que, si de veras sentía vocación, ingresara en el Seminario Menor de Feltre donde, de todos modos, podría continuar los estudios. Como era necesario el permiso paterno, Albino escribió a su padre que, como de costumbre, se encontraba en el extranjero, para manifestarle su deseo. El padre, a pesar de la sorpresa que le causó la decisión de su hijo y la carga económica que tendría que soportar la familia, le respondió: “Haz lo que quieras”.

EN EL SEMINARIO
Los años de estudios en el Seminario fueron difíciles para Albino. Pusieron a prueba su salud física, ya debilitada por una bronco-pulmonía mal curada que padeció cuando tenía tres años. El régimen del internado era duro y riguroso: las comidas, más bien austeras; el descanso nocturno, corto; las horas de estudio y oración, largas y fatigosas. Por dos veces el joven seminarista tuvo que regresar a su casa a consecuencia de amagos de tuberculosis, y por dos veces, apenas curado, quiso volver al Seminario. En los períodos de vacaciones, Albino ayudaba en la parroquia de su pueblo. Sin duda alguna la persona que más le influyó fue el párroco, don Filippo Carli. De él aprendió a hablar con sencillez. Don Filippo le decía: “Albino, cuando hables desde el púlpito, piensa siempre en la viejecita más inculta. Te debe entender ella también".

El párroco le encargó que enseñara el catecismo después de la Misa dominical de las diez. Tenía una agudeza particular para hacerse entender. Usaba anécdotas sacadas de la Historia, de la Literatura y de vidas de santos, de modos de decir populares y ocurrencias. Todos entendían y se divertían.

SACERDOTE
Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de julio de 1935, pero su salud seguía endeble. La afección pulmonar se le reprodujo y para recuperarse estuvo una temporada en un sanatorio. Al salir del sanatorio, marchó a Canale d'Agordo a respirar el aire de su valle, lo que aprovechó para desarrollar las tareas de coadjutor en la parroquia.
Lo que más le hubiera gustado al joven sacerdote era ser párroco, pero nunca lo fue. Tuvo otros cargos: profesor, vicerrector del Seminario, vicario general.... pero nunca desaprovechó la ocasión de ser pastor.

En 1941 se matriculó en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma. Su obispo, monseñor Cattarossi, no quiso verse privado de su trabajo de docente, y consiguió de Pío XII para Luciani una dispensa expresa para la asistencia a las clases. Con una tesis sobre Rosmini consiguió en 1947 el doctorado en Teología. Y durante más de veinte años enseñó Teología Dogmática, Sagrada Escritura y Derecho Canónico, al tiempo que ejercía cargos de gran responsabilidad en su diócesis.

OBISPO Y PATRIARCA
El 15 de diciembre de 1958, Albino Luciani fue nombrado obispo por Juan XXIII. El Papa mismo quiso ordenarle obispo en la Basílica de San Pedro de Roma. El lema episcopal adoptado por Luciani fue "Humilitas”. Y la humildad fue el rasgo peculiar de la personalidad del nuevo obispo. En el transcurso de los once años que estuvo gobernando la diócesis de Vittorio Veneto, se celebró en Roma un acontecimiento de suma importancia para la vida de la Iglesia: el Concilio Vaticano II. Monseñor Luciani participó como padre conciliar en todas las sesiones.

El Papa Pablo VI designó a Albino Luciani Patriarca de Venecia. Era el 15 de septiembre de 1969, cuando Pablo VI le llamó a Roma para informarle personalmente del nombramiento. Monseñor Luciani objetó al Papa: “Lo siento mucho, Santidad, pero no creo que pudiera salir adelante. Tengo lo voz cada día más débil y una salad muy endeble”. Pablo VI le contestó: “¡Ánimo, ánimo! Por lo que se refiere a la voz, hoy existen los micrófonos. En cuanto a la salud... bueno, siempre se encuentra en los manos de Dios”.

Fue la catequesis el ámbito de la vida cristiana al que más intensamente se dedicó, tanto en la práctica como en la teoría; no sólo cuando era sacerdote, sino también cuando fue obispo y, más tarde, cardenal patriarca.

PAPA
El día 22 de agosto de 1978, el Cardenal Luciani, Patriarca de Venecia, se traslada a Roma para participar en la elección del sucesor del difunto Pablo VI. El 24 de agosto, víspera del cónclave, el Patriarca de Venecia se dedica a escribir. En una carta dirigida a un pariente, dice: “No sé cuánto durará el cónclave. Es difícil encontrar la persona adecuada para enfrentarse con tantos problemas, que son cruces muy pesadas. Por fortuna, yo estoy fuera de peligro. Ya es bastante grave votar en estas circunstancias.”

A un conocido suyo escribe: “El momento es verdaderamente importante para la Iglesia. Aunque quien la guía, en definitiva, es el Señor, es muy importante que el Vicario de Cristo sea un verdadero hombre de Dios. Contribuir con el voto a su elección, indicar a una persona y decirle al Señor: «acéptalo», es una gran responsabilidad que pesa mucho. Afortunadamente, estoy seguro de que esa persona no voy a ser yo, a pesar de algunas chismorreos de los periódicos. "Son sólo cábalas”, diría Pío X”.

El 25 por la tarde comienza el Cónclave. En la tarde del 26 de agosto, en la segunda fumata del día, empieza a salir por la chimenea de la Capilla Sixtina un humo grisáceo. Aunque con poca precisión, la fumata cumple su misión: los cardenales han elegido al nuevo papa. Después de haberse realizado el escrutinio que le eleva a la Sede de San Pedro, Albino Luciani, ya convertido en Papa, se enfada con los cardenales y les dirige las mismas palabras que siglos antes dijera San Bernardo con motivo de su elección para regir la comunidad cisterciense de su monasterio: "¿Qué habéis hecho? Que Dios os perdone”.

UN MES DE PONTIFICADO

Poco más de un mes – treinta y tres días – duró el Pontificado de Juan Pablo I. En la madrugada del 29 de septiembre, fue encontrado muerto en su cama. Un infarto había puesto fin a su vida. El Papa Luciani, en tan breve tiempo, supo ganarse, con su espontánea sonrisa y su palabra llena de unción, el corazón de los fieles y de millones de personas de otras creencias. A todos hizo experimentar la alegría de oír hablar de Dios con palabras claras, sencillas y estimulantes.

No tuvo tiempo de escribir una sola encíclica o constitución apostólica, ni siquiera un documento de menor rango, pero impulsó a las almas con la fuerza del Espíritu Santo a través de una catequesis en la que no faltaban pequeñas anécdotas personales y ejemplos tomados del inmenso caudal de literatura que había asimilado a lo largo de su vida.
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La causa del siervo de Dios Albino Luciani
por Stefania Falasca

La causa de beatificación y canonización de Juan Pablo I se abrió solo el 23 de noviembre de 2003 en la Catedral de Belluno. La investigación diocesana del proceso sobre las virtudes concluyó el 10 de noviembre de 2006. Durante la investigación se recogieron todas las pruebas testimoniales y documentales.

En 203 sesiones fueron 170 los testigos interrogados en las sedes episcopales de Belluno, Vittorio Veneto, Venecia y Roma. El pasado 27 de junio la Congregación de las Causas de los Santos firmó el decreto de validez formal de las actas de la investigación diocesana y se nombró relator de la causa al padre Cristoforo Bove. Se abrió, pues, la fase romana de la causa.

En esta segunda fase, basándose en las actas reconocidas y sancionadas por el decreto de validez, se preparará la Positio super virtutibus, que tendrá que demostrar la heroicidad de las virtudes, además de la fama de santidad del siervo de Dios. Tras concluir la Positio tendrán lugar dos tipos de exámenes, uno lo llevará a cabo el Congreso peculiar de los consultores teológos, y otro la Congregación ordinaria de los obispos y los cardenales.

La promulgación del decreto sobre las virtudes será el acta jurídica final del proceso de investigación de las virtudes heroicas.

septiembre 26, 2013

San Eusebio, Papa y Mártir

San Eusebio, Papa y Mártir
Agosto 17 - Septiembre 26

31-San Eusebio: Grecia; Abril 18, 309 - Agosto 17, 309 (310).
Nació en Casano jonico (de origen griego). Mártir. Elegido el 18.IV.309. Durante su pontificado continuaron las polémicas sobre los apóstatas que llevaron a la Iglesia al borde del cisma. Consiguió mantener posiciones firmes pero actuó con gran caridad. Sufrió el martirio en Sicilia.



Martirologio Romano: En Sicilia, muerte de san Eusebio, papa, valeroso testigo de Cristo, que fue deportado por el emperador Majencio a esa isla, donde dejó la patria terrena para merecer la patria celestial. Trasladado su cuerpo a Roma, fue enterrado en el cementerio de Calixto (310).

Fue el 31º Papa de la Iglesia Católica, desde abril de 309 hasta agosto de 309.

Eusebio nació en Grecia y era hijo de un médico. Fue elegido para suceder al Papa San Marcelo; pero su pontificado duró apenas unos meses. El pontificado de San Marcelo se había visto turbado por el problema del trato que debía darse a los que habían apostatado durante la persecución de Diocleciano. Un tal Heraclio y sus seguidores se opusieron al Pontífice; muy probablemente Heraclio era uno de los que habían apostatado y quería ser admitido nuevamente en la comunión de la Iglesia sin penitencia alguna. Una inscripción del Papa San Dámaso en la tumba de San Eusebio, quien fue sepultado en el cementerio de Calixto, recuerda que la disputa se prolongó hasta el pontificado de nuestro santo y produjo numerosos desórdenes y pleitos en la Iglesia de Roma.

A lo que parece, los "lapsos" o apóstatas intentaron introducirse por la fuerza en las reuniones de los fieles. El tumulto fue tan grande, que el emperador Majencio desterró a San Eusebio y a Heraclio de la ciudad. El Pontífice se trasladó a Sicilia, donde murió poco después.

Como el destierro fue una consecuencia de la firmeza con que exigió el cumplimiento de los cánones, el pueblo cristiano le veneró como mártir en una época. San Dámaso le da también el título de mártir.

Fue enterrado en la catacumba de Calixto I en Roma.
Más tarde su cuerpo fue trasladado en San Sebastián Extramuros.
Su festividad se celebra el 26 de septiembre.
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Sucesor del Papa San Marcelo I, su pontificado fue corto, en el año 309 ó 310. El Catálogo Liberiano dice que duró sólo cuatro meses, del 18 de abril al 17 de agosto de 309 ó 310.

Sabemos algunos detalles de su carrera de un epitafio en su tumba, que fue mandado a hacer por el Papa San Dámaso I. Este epitafio llegó a nosotros a través de transcripciones antiguas. Unos pocos fragmentos del original, junto con una copia en mármol del siglo VI hecha para sustituir el original después de su destrucción, fueron hallados por De Rossi en la capilla papal, en las catacumbas de San Calixto.

De este epitafio surge que las graves disensiones internas causadas en la Iglesia Romana por la readmisión de los apóstatas (lapsi) durante la persecución de Diocleciano, y que habían surgido ya bajo Marcelo, continuaron durante el papado de Eusebio. Ese último mantenía la actitud de la Iglesia Romana, adoptada después de la persecución de Decio (250-251), que los apóstatas no debían ser excluidos por siempre de la comunión eclesiástica, sino por otro lado, debían ser readmitidos sólo después de haber hecho una adecuada penitencia (Eusebius miseros docuit sua crimina flere).
Una facción de cristianos en Roma bajo el liderazgo de un tal Heraclio se oponía a este punto de vista. No se ha determinado si Heraclio y sus seguidores propugnaban una interpretación de la ley más rigurosa (novacianismo) o más indulgente. Esta última, sin embargo, es por mucho más probable en la hipótesis de que Heraclio era el jefe de un partido compuesto por apóstatas y sus seguidores, que demandaban la inmediata restauración al cuerpo de la Iglesia. Dámaso describe en términos muy fuertes el conflicto que sobrevino (seditcio, cœdes, bellum, discordia, lites). Es probable que Heraclio y sus adeptos buscaran por la fuerza su admisión al culto divino, lo cual resentían los fieles reunidos en Roma alrededor de Eusebio. En consecuencia, ambos Eusebio y Heraclio fueron desterrados por el emperador Maxentio. Eusebio, en particular, fue exiliado a Sicilia, donde murió muy pronto.

El Papa San Melquíades ascendió a la Silla Papal el 2 de julio de 311. El cuerpo de su predecesor fue traído a Roma, probablemente en 311, y el 26 de septiembre (según el "Depositio Episcoporum" en el cronógrafo de 354) fue colocado en un cubículo separado de la catacumba de San Calixto.

Su firme defensa de la disciplina eclesiástica y el destierro que sufrió por ello causaron que fuera venerado como un mártir, y en su epitafio el Papa Dámaso honró a Eusebio con dicho título.
Su fiesta se celebra todavía el 26 de septiembre.
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Bibliografía: Liber pontificalis, ed. DUCHESNE, I, 167; DE ROSSI, Roma sotterranea, II (Rome 1867), 191-210: NORTHCOTE AND BROWNLOW, Roma sotterranea, 2nd ed. (London, 1879); LIGHTFOOT, Apostolic Fathers, 2nd ed. I, I, 297-299; IHM, Damasi Epigrammata (Leipzig, 1895), 25, num. 18; Acta SS., Sept., VII, 265-271; Carini, I lapsi e la deportazione in Sicilia del Papa S. Eusebio (Rome, 1886); LANGEN, Geschichte der römischen Kirche, I (Bonn, 1881), 380-382.
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Fuente: Kirsch, Johann Peter. "Pope St. Eusebius." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. <newadvent.org>.
Traducido por Luz María Hernández Medina.
Tomado de: ec.aciprensa.com