agosto 06, 2013

San Hormisdas, Papa

San Hormisdas, Papa
Agosto 6

52 -San Hormisdas: Frosinone; Julio 20, 514 - Agosto 6, 523.
Nació en Frosinone. Elegido el 20.VII.514, murió el 6.VIII.523. Durante su pontificado San Benedicto fundó la órden de los benedictinos y la célebre abadía de Monte Casino destruida en el 1944 por un bombardeo. Estableció que los obispados fuesen otorgados no por privilegios.

Martirologio Romano: En Roma, en la basílica de San Pedro, sepultura de san Hormisda, Papa. Abanderado de la paz, consiguió acabar con el cisma de Acacio en Oriente, y en Occidente hizo que se respetaran religiosamente por los nuevos pueblos los derechos de la Iglesia (523).


(¿?-523) nació en Frosinone, Italia. Le correspondió vivir una época de tensiones entre la Iglesia en Oriente y en Roma, luego de la caída del Imperio Romano de Occidente.

Al momento de su elección, en 514, como sucesor de San Simaco, San Hormisdas era un diácono romano viudo. Un hijo suyo llegaría también al papado muchos años más tarde con el nombre de Silverio.

Al parecer, su nombramiento se dio por unanimidad y sin alborotos; esto es un indicio de su carácter proclive al entendimiento y la comunicación.

La principal tarea del pontificado de San Hormisdas fue recomponer la división teologal que había surgido entre la Iglesia de Roma y la Iglesia Oriental de Constantinopla como consecuencia del llamado Cisma Acaciano, cuando el patriarca de esta última pretendió abrogarse atributos que no le correspondían.

El emperador Anastasio I tenía interés en la reconciliación, pero ésta se dio bajo su sucesor, Justino, en 519, en la que San Hormisdas jugó un papel fundamental.


En efecto, este papa fue capaz de convencer a la mayoría de los 250 obispos de la Iglesia Oriental, incluyendo al patriarca Juan II de Capadocia, para que se unieran con la Iglesia Católica Romana.

En la Formula Hormisdae que él postuló, quedaba reconocido el rango y el poder de decisión del papado, mientras que el papado reconocía la primacía del patriarca de Constantinopla para la Iglesia en Oriente. De este modo quedó sellada la unión, y se sobrepasó el cisma.

Durante el papado de San Hormisdas, San Benito estableció la orden de los Benedictinos, y también se fundó la renombrada abadía del Monte Casino, destruida en 1944 por los bombardeos de la segunda guerra mundial.

A San Hormisdas se le recuerda también por disponer que los obispados no fueran otorgados por privilegios, sino por elección y designación.

SAN HORMISDAS nos muestra el valor de la conciliación para vivir todos en paz y armonía.
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Fuente: oremosjuntos.com

agosto 02, 2013

San Esteban I, Papa y Mártir

San Esteban I, Papa y Mártir
Agosto 2

23 -San Esteban I: Roma; Mayo 12, 254-Agosto 2, 257.
Nació en Roma. Martir. Elegido el 1-V-254, murió el 2-VIII-257. Bajo su pontificado se agudizaron las luchas cismáticas secuaces del antipapa Navaciano. Fue decapitado durante una ceremonia religiosa en la misma silla pontificia en las catacumbas de S. Calisto.
Martirologio Romano: En Roma, en el cementerio de Calixto, san Esteban I, papa, que prohibió rebautizar a los herejes que buscaban la plena comunión con la Iglesia, para que no quedase oscurecida la unión bautismal de los cristianos con Cristo, que debe realizarse una sola vez. 257

San Esteban I (254-257) Era un noble romano, destinado a una de las siete diaconías. Fue obispo de Roma en una época tranquila del imperio de Valeriano. Pudo entonces, dedicarse a los problemas internos de la Iglesia.

La cuestión más espinosa era la de la preeminencia de la sede de Roma sobre todas las demás. " Un argumento sobre el cual no tuvo vida fácil. De hecho tuvo desavenencias con Cipriano, obispo de Cartago, y con muchas otras Iglesias de África y de Asia, que no quisieron aceptar su decisión sobre el bautismo, que había que administrarlo a los herejes o disidentes que decidían volver al seno de la Iglesia. Cipriano sostenía que la herejía cancelaba el bautismo, que por lo tanto había que volver a administrarlo a quienes, después del error, volvían a la Iglesia. Sin embargo Esteban, acogiéndose a la tradición, afirmaba que no había necesidad de un nuevo bautismo: era suficiente imponer a los herejes una penitencia. La controversia se resolvió muchos años después, cuando tanto Esteban como Cipriano ya habían muerto. Prevaleció la voz de Roma.

En el año 257 Valeriano desató una gran persecución contra los cristianos acusándoles de querer robar bienes al estado. En el punto de mira estuvieron obispos, sacerdotes y diáconos. A muchos de ellos les mataron. Probablemente también Esteban fue sometido a martirio y fue enterrado en la cripta de los papas en S. Calixto.

 El papa San Esteban I fue elegido como obispo de Roma el 12 de mayo de 254 y murió el 8 de agosto de 257.

En su pontificado, de apenas tres años, se suscitó una controversia entre el papa y los concilios y sínodos africanos bajo el liderazgo de Cipriano de Cartago. Estos sostenían que los cristianos que habían apostatado de su fe, debían ser bautizados de nuevo.

Esteban se opuso e indicó que no debía de cambiarse la práctica existente en la Iglesia hasta entonces de que el bautismo no se puede repetir. En este sentido emitió un documento en que sentaba esta norma como oficial para toda la Iglesia. Este es el primer documento en que un obispo de Roma have valer su autoridad sobre el resto de las iglesias del mundo. Esto llevó a una ruptura de las iglesias africanas con Roma, pero la unidad se restableció al morir Esteban, cuando es decapitado durante una ceremonia religiosa en la misma silla pontificia en las catacumbas de S. Calixto.

Bajo su pontificado se agudizaron las luchas cismáticas secuaces del antipapa Novaciano.
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Fue hijo de Julio, ciudadano romano. Nació hacia el fin del siglo II, y aunque se tienen pocas noticias de los primeros años de su niñez, hay razones para creer que su familia era cristiana. Se dedicó al estudio de las letras humanas y divinas, pero singularmente al de la ciencia de los Santos; y en poco tiempo se hizo un lugar distinguido entre los fieles de Roma. Siendo de poca edad fue recibido en el clero. Los Papas San Cornelio y San Lucio, sus predecesores, hicieron juicio de que no debían dejar escondida debajo del celemin aquella brillante antorcha. Ordenáronle de diácono, y después le hicieron arcediano de la Iglesia romana (dignidad que ponía a su cargo la custodia y la distribución del tesoro de la Iglesia) dándole al mismo tiempo jurisdicción de vicario.

Novaciano, presbítero de la Iglesia romana, y Novato, presbítero de la Iglesia de Cártago, el primero antipapa, los dos cismáticos, y ambos herejes, tenían muchos parciales de sus errores en oriente y en occidente hasta en el mismo gremio de los obispos. Aunque San Cipriano de Cártago y San Dionisio de Alejandría se habían opuesto con valor a sus impiedades, consiguiendo que fuesen condenados por varios Concilios, no por eso dejaba de inficionar a muchos el veneno de la herejía; y su partido, con el engañoso pretexto de reforma, hacia desterrar a muchos fieles de las banderas de Jesucristo, y adelantaba cada día nuevas conquistas.

Defendían que no debían ser admitidos a la comunión los que hubiesen caído en el crimen de la idolatría; y sus sectarios, extendiendo esta errada doctrina a todo género de culpas, quitaban a la Iglesia el poder de atar y desatar. Condenaban las segundas nupcias, y obstinadamente sostenían que debían ser rebautizados todos aquellos que después del bautismo hubiesen cometido algún pecado mortal. Aprovechándose los gentiles de aquellas funestas divisiones, perseguían cruelmente a los cristianos, incitando a los emperadores y a los magistrados para que hiciesen sangrienta guerra a la Iglesia. Viendo los Papas Cornelio y Lucio tan combatida la navecilla de San Pedro, llamaron a San Esteban para que les ayudase a gobernar el timón en un tiempo en que jamás habían sido los escollos más frecuentes. Habiendo terminado San Lucio gloriosamente su carrera, coronando con el martirio su pontificado, por unánime consentimiento fue electo Sumo Pontífice San Esteban el año 254. Dice Anastasio que San Cornelio, seis meses antes de morir, le había entregado todos los bienes de la Iglesia, y que San Lucio al tiempo de su muerte le confió todo el rebaño, recomendándole toda la Iglesia afligida.

Luego que se sentó en la cátedra de San Pedro, se dedicó enteramente a desempeñar todas sus obligaciones, se mostró azote de la herejía, defensor de los sagrados cánones y oráculo de la Iglesia.

Fueron acusados de libeláticos Basílides, obispo de Astorga, España, y Marcial, obispo de Márida. Llamábanse libeláticos aquellos cobardes cristianos que, si bien no habían sacrificado a los ídolos, daban o recibían certificaciones falsas de haber sacrificado, para liberar por este medio su vida. A este delito de los dos prelados se añadían otros tan enormes, que los hacían indignos de la Mitra, viéndose precisados los obispos de España a deponerlos, y a nombrarles sucesores. Acudieron al Papa, Basílides y Marcial, haciendo cuanto pudieron para engañarle. Recibiólos, y los oyó con tanto amor y con tanta benignidad, que ya se daban por restituidos a sus sillas; pero luego que el Santo Pontífice recibió las cartas de San Cipriano y de los obispos de España en que le informaban de los delitos que habían cometido, no quiso verlos más, y mantuvo inflexible su tesón.

Pero lo que da mayor idea del alto mérito de nuestro Santo es la célebre disputa que se suscitó entre los más santos obispos de la Iglesia sobre el valor o nulidad del bautismo coferido por los herejes. Parece que esa disputa tuvo principio en la Iglesia de Cártago, donde San Cipriano, fundándose en la práctica de su predecesor Agripino, enseñaba que era nulo todo bautismo fuera de la Iglesia Católica, y, por consiguiente, que se debían rebautizar todos los herejes que se reconciliaban con ella. Siguieron esta misma opinión los obispos de oriente, que se juntaron en Iconio, y la dominante así en el oriente como en el Africa. Pero San Esteban la condenó, y declaró que respecto de los que volvían al gremio de la Iglesia, de cualquiera secta que fuesen, nada se debía innovar, sino seguir precisamente la Tradición, que era imponerles las manos por la penitencia, sin rebautizarlos, una vez que hubiesen sido bautizados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíriitu Santo, y por otra parte no se hubiera omitido cosa alguna de las esenciales al Bautismo.

Costó trabajo a San Cipriano mudar de parecer. Convocó muchos Concilios que confirmaron su opinión, y en virtud de esto escribió al Papa. Lo mismo hicieron los obispos de oriente; pero San Esteban, guiado del Espíritu Santo, que gobierna siempre la Iglesia, escribió a San Cipriano y a los obispos de Cilicia,  de Capadocia y Galacia, que se separaría de su comunión, si persistían en su opinión sobre el bautismo de los herejes.  Con el tiempo se redujeron todos los obispos de oriente a la decisión del Pontífice, contribuyendo no poco a este feliz suceso San Dionisio, Obispo de Alejandría.  Mayor fue la resistencia de los obispos africanos; pero al fin toda la Iglesia abrazó lo definido por San Esteban. También tuvo el consuelo de saber por carta de San Dionisio Alejandrino que, en general, todo el oriente había abandonado el partido de los novacianos, uniéndose con Roma; y al mismo tiempo que le participaba esta gustosa noticia, se congratula con el Santo Papa de los socorros espirituales y temporales con que ayudaba a los fieles de Siria y Arabia; prueba evidente de lo mucho que se extendía su caridad y vigilancia pastoral.

Publicó el Emperador un edicto por el  cual confiscaba los bienes de los cristianos, y los concedía al que los denunciase. Con esta ocasión convocó el Papa al clero y al pueblo; y habló con tanta energía y con tanta eficacia sobre la vanidad de los bienes de esta vida, que un presbítero llamado Bono, arrebatado de santo fervor, exclamó a nombre de todos, que no sólo estaban prontos a perder todos sus bienes, sino a padecer los más crueles tormentos, y a dar la vida por Jesucristo, declaración que fue recibida por aplauso universal.

Encendido el fuego de la persecución, es indecible el ardor con que todos se disponían al martirio. El Santo Papa andaba de casa en casa, y pasaba los días en lugares subterráneos, ofeciendo el Santo Sacrificio, y dando a los fieles la Sagrada Comunión. En un sólo día bautizó 180 catecúmenos, administrándoles el sacramento de la confirmación, dicen las actas, ofreció por ellos el sacrificio incruento, sustentándolos con el Pan de los fuertes, y pocos días después casi todos merecieron recibir la corona del martirio

San Esteban arregló lo más que urgía en la actual constitución de los negocios para el gobierno de la Iglesia, encargándoselos a tres presbíteros, 7 diáconos y 16 clérigos, a quienes encomendó la custodia de los vasos sagrados y la distribución de las limosnas. Nemesio, tribuno militar, andaba buscando al Santo Papa, por haber oído que era un hombre extraordinario y que hacía grandes milagros. Tenía el tribuno, una hija única, ciega desde su nacimiento, le suplicó a Esteban le diese la vista a su hija. "Lo haré, respondió el Santo, pero con la condición de que has de creer en Jesucristo, en cuyo nombre y virtud he de obrar el milagro". Sin detenerse un punto lo prometió todo Nemesio, y asegurando con juramento que se haría cristiano, creyó en Jesús y pidió el Bautismo. Instruyóle el Papa, y bautizóle juntamente con su hija, la cual cobró la vista luego que recibió el Bautismo, y se le dio el nombre de Lucila.

A vista de este milagro, se bautizaron maravillados 63 gentiles. Nemesio y Lucila fueron arrestados, como también Sempronio, su primer secretario, a quien le mandó que, pena de la vida, declarase el estado de todos los bienes de su amo. Respondió el fiel criado que el Tribuno nada tenía desde que todo lo había repartido entre los pobres. ¿Luego tú también eres cristiano como tu amo?, replicó Olimpo, que así se llamaba el juez. "Esa dicha tengo, y me ahorro mucho con ella", respondió Sempronio. Irritado Olimpo, hizo traer una estatua del dios Marte, y mandó a Sempronio en nombre de aquella mentida deidad, que declarase los tesoros de su amo. Mirando Sempronio con indignación al ídolo, exclamó: "Confúndate Nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, y hágate pedazos en este mismo instante". Al momento cayó el ídolo a sus pies reducido a polvo. Asombró a Olimpo el milagro, y abriendo los ojos del alma, creyó que todos sus dioses eran químeras, y que no había otro verdadero Dios que Jesucristo. Descubrióse a Exuperia, su mujer, que interiormente era cristiana; ésta le confirmó en su pensamiento, y le aconsejó que se convirtiese. Hízolo con toda su familia: acudiendo San Esteban informado de lo que pasaba, instruyólos, bautizólos, y los exhortó a la perseverancia.

Metió mucho ruido en Roma la conversión de una familia tan conocida; y noticioso el Emperador, lleno de ira, madó que a todos les quitasen la vida en un mismo día, teniendo el Santo Papa el consuelo de darle a todos sepultura. La misma suerte lograron doce clérigos a cuyo frente estaba el presbítero Bono. Mandó prender el Emperador a San Esteban y quiso verle.

Preguntóle luego si era él aquel sedicioso que turbaba al Estado, desviando al pueblo del culto debido a los dioses del Imperio. "Señor, respondió Esteban, yo no turbo el Estado; sólo exhorto al pueblo a que no rinda culto a los demonios, y a que adore al verdadero Dios, a quien únicamente se le debe". "Impío, exclamó el emperador, esa blasfemia que acabas de proferir la vengará tu muerte; y volviéndose a los soldados de su guardia añadió: Quiero que sea conducido al templo del dios Marte, y que allí sea degollado y ofrecido en sacrificio".

Ejecutóse la orden, pero apenas llegó cuando el cielo rompió en truenos, relámpagos y rayos; cayó en tierra el templo del dios Marte, y huyeron todos los gentiles. Quedó sólo Esteban con los gentiles que le habían seguido: retiróse con ellos al lugar donde acostumbraban juntarse y ofreció el Divino Sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Jesús. No bien acabó de celebrarlo cuando entrando los soldados que le andaban buscando por todas partes, le degollaron sobre su misma silla pontifical cuando estaba exhortando a los cristianos al martirio.


Sucedió el 2 de agosto del año 257, y su santo cuerpo con la silla en que fue sacrificado, bañada toda de su sangre, fue enterrado por los cristianos en el Cementerio de Calixto. Trasladóse su cabeza a Colonia, donde es singularmente venerada.
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Fuente:  escuelacima.com

julio 29, 2013

San Félix II, Antipapa


San Félix II, Antipapa

Febrero 20 - 29 - Julio 29

Félix II (* Roma, ¿? - † Porto, 22 de noviembre de 365), antipapa de la Iglesia Católica entre 355 y 365, aunque durante la Edad Media figuró entre los papas considerados legítimos.

Arcediano de la iglesia de Roma, al decretar el emperador Constancio II el destierro del papa Liberio en 355 por negarse este a condenar a Atanasio, fue consagrado pontífice por tres obispos arrianos y aunque fue reconocida por el clero romano, no consiguió el apoyo del pueblo que siguió fiel al papa desterrado.

En 357, el desterrado Liberio condena las ideas de Atanasio en el denominado Formulario de Sirmio logrando con ello que el emperador Constancio II le permita regresar a Roma con la intención de que la Iglesia estuviese gobernada tanto por Liberio como por Félix.

No obstante tras el retorno de Liberio, en 358, el pueblo romano rechazo la bicefalia de la Iglesia y se decantó por Liberio obligando a Félix a abandonar Roma y refugiarse en Porto donde fallecería. Aunque no consta que sufriera martirio alguno, el martirologio romano lo incluye como tal fijando su fiesta el 20 de julio.
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Fuente: es.wikipedia.org
San Félix II


Papa (más apropiadamente antipapa), 355-358; murió el 22 de noviembre de 365 . En el año 355 el Papa Liberio fue desterrado a Berea en Tracia por el emperador Constancio porque defendía tenazmente la definición de fe nicena y rehusaba condenar a San Atanasio de Alejandría.

El clero romano se comprometió en cónclave solemne a no reconocer a ningún otro obispo de Roma mientras Liberio estuviera vivo ("Marcellini et Fausti Libellus precum", no.1: "Quae gesta sunt inter Liberium et Felicem episcopos" en "Collectio Avellana", ed. Gunter; Hieronymus, "Chronicon", ad an. Abr. 2365). Sin embargo el emperador, que estaba suplantando a los obispos católicos exiliados con obispos de tendencias arrianas, se esforzaba en instalar un nuevo obispo de Roma en lugar del desterrado Liberio. Invitó a Félix, archidiácono de la Iglesia romana, a Milán y cuando llegó, Acacio de Cesarea logró convencerle de que aceptara el oficio del que Liberio había sido expulsado a la fuerza, y a ser consagrado por Acacio y otros dos obispos arrianos.

La mayoría del clero romano admitió la validez de su consagración, pero los laicos no querían saber nada de él y permanecieron fieles al desterrado pero legítimo Papa.

Cuando Constancio visitó Roma en mayo de 357, el pueblo exigió la vuelta de su legítimo obispo Liberio, quien, de hecho, volvió inmediatamente después de firmar la tercera fórmula de Sirmium. Los obispos, reunidos en esa ciudad de la Baja Panonia escribieron a Félix y al clero romano aconsejándoles que recibieran a Liberio con toda caridad, que dejaran de lado sus disensiones; se añadía que Liberio y Félix debían gobernar juntos la Iglesia de Roma.

La gente recibió a su legítimo papa con gran entusiasmo, pero se levantó una gran conmoción contra Félix, que fue finalmente expulsado de la ciudad. Poco después intentó con la ayuda de sus seguidores ocupar la Basílica Julii (Santa María del Trastevere), pero fue finalmente desterrado a perpetuidad por un voto unánime del senado y del pueblo. Se retiró a la cercana Porto donde vivió tranquilamente hasta su muerte. Liberio les permitió a los miembros del clero romano, incluyendo a los seguidores de Félix, mantener sus puestos.

Más tarde la leyenda confunde las relativas posiciones de Félix y Liberio. En los apócrifos "Acta Felicis" y "Acta Liberii", así como en el "Liber Pontificalis", Félix es retratado como un santo y confesor de la verdadera fe. Esta distorsión de los verdaderos hechos se originó muy probablemente por la confusión de éste Félix con otro Félix, mártir romano de una fecha anterior.

Según el "Liber Pontificalis", que puede estar registrando aquí una tradición confiable, Félix construyo una iglesia en la vía Aurelia. Es bien sabido que en esta vía estaba enterrado un mártir romano, Félix; de ahí parece probable que surgiera la confusión (Ver Papa San Félix I) en la cual se perdió la verdadera historia del antipapa y él obtuvo en la historia local romana la condición de santo y confesor.
Y así aparece en el Martirologio Romano en el 29 de julio.
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Fuente: Kirsch, Johann Peter. "Felix II." The Catholic Encyclopedia. Vol. 6. New York: Robert Appleton Company, 1909. <http://www.newadvent.org/cathen/06030a.htm>.
Traducido por Pedro Royo. Revisado y corregido por Luz María Hernández Medina.
Tomado de: ec.aciprensa.com
Antipapa Félix II. La imagen corresponde a la lista de papas de la Basílica de San Pablo Extramuros, en el tiempo en que se consideraba un Papa legítimo

LA HISTORIA de este personaje es oscura, incierta y sorprendente. El año 355, el emperador Constancio llevó preso a Milán al Papa Liberio y después le desterró a Tracia por haber sostenido las definiciones del Concilio de Nicea v por haberse negado a condenar a San Atanasio. "¿Quién sois vos", dijo el emperador al Pontífice, "para defender a Atanasio contra el mundo entero?" Un diácono de Roma, llamado Félix, aprovechó la ocasión para hacerse consagrar Papa por tres obispos arrianos; pero sólo una parte del clero de la ciudad lo aceptó como Pontífice; en cuanto a los laicos, ninguno de los miembros de la nobleza le reconoció, fuera de los miembros de la corte imperial.

Los habitantes de Roma rogaron insistentemente a Constancio, cuando este visitó la ciudad, que restituyese al Papa Liberio. El año 357, el verdadero Papa volvió a Roma, donde fue recibido con gran entusiasmo por el pueblo. Felix huyó, tras de haber intentado en vano ofrecer resistencia. El senado le prohibio que volviese a Roma. Murió cerca de Porto, el 22 de noviembre de 365.

Como se ve, es difícil comprender por qué se honra a Félix como Papa, santo y mártir. Sin embargo, así sucede en ciertos documentos espurios de principios del siglo VI, las "Gesta Felicis" y las "Gesta Liberii". El error se extiende hasta el mismo Martirologio Romano, en el que se lee el día de hoy: "En Roma, en la Vía Aurelia, la conmemoración del entierro de San Félix II, Papa y mártir, quien fue arrojado de la sede pontificia por el emperador arriano Constancio por haber defendido la fe católica. Murió gloriosamente, asesinado en secreto por la espada, en Cera de Toscana. Su cuerpo fue trasladado por el clero de la ciudad y sepultado en la misma Vía.

Más tarde, fue trasladado a la iglesia de los Santos Cosme y Damián; ahí fue descubierto, bajo el altar de Gregorio XIII, junto con las reliquias de los santos mártires Marcos, Marceliano y Tranquilino. Las reliquias de los cuatro santos fueron de nuevo sepultadas ahí mismo el 31 de julio". Es evidente que se trata de una confusión con el Papa Liberio, a no ser que alguien haya intercambiado deliberadamente los papeles que ambos personajes desempeñaron en la historia.

El Líber Pontificalis refiere que el archidiácono Félix construyó una iglesia en la Vía Aurelia, donde se hallaba la tumba del mártir San Félix; seguramente que ese hecho constituyó una nueva fuente de errores.

A partir de 1947, el "Anuario Pontificio" incluyó a "Félix II" en la lista de los antipapas.
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Alban Butler - Vida de los Santos
Tomado de: ddcob.org


Beato Urbano II, Papa

Beato Urbano II, Papa 
Julio 29

159 -Beato Urbano II: Francia; Marzo 12, 1088-Julio 29, 1099. Nació en Francia. Elegido el 12.III.1088, murió el 29.VII.1099. Las luchas por la supremacía del Papa o del emperador, le obligaron a exiliar. Enrique V, logró hacerse coronar con el derecho de investidura. Se construyó la iglesia de S. María del pueblo, donde los romanos veían el fantasma de Nerón
El Beato Urbano II (1040-1099) es, indudablemente, uno de los papas más insignes de la Edad Media, cuyo mérito principal consiste, aparte de la santidad de su vida, en haber hecho progresar notablemente y llevado adelante la reforma eclesiástica, ampliamente emprendida por San Gregorio VII (1073-1085). El resultado brillante de sus esfuerzos aparece bien de manifiesto en los grandes sínodos de Piacenza y de Clermont, de 1095, y en la primera Cruzada, iniciada en este último concilio (1095-1099).

Nacido de una familia noble en la diócesis de Soissons, en 1040, llamábase Eudes u Otón; tuvo por maestro en Reims al fundador de los cartujos, San Bruno: fue allí mismo canónigo, y el año 1073 entró en el monasterio de Cluny, donde se apropió plenamente el espíritu de la reforma cluniacense, entonces en su apogeo. De esta manera se modeló su carácter suave y humilde, pero al mismo tiempo entusiasta y emprendedor. Por esto llegó fácilmente a la convicción de que el espíritu de la reforma cluniacense, que iba penetrando en todos los sectores de la Iglesia, era el destinado por Dios para realizar la transformación a que aspiraban los hombres de más elevado criterio eclesiástico. Por esto, ya desde el principio de la gran campaña reformadora emprendida por Gregorio VII, Otón fue uno de sus más decididos partidarios.

Estaba entonces al frente de la abadía de Cluny el gran reformador San Hugón, a cuya propuesta Gregorio VII elevó en 1078 al monje Otón al obispado de Ostia. Bien pronto pudo éste dar claras pruebas de sus extraordinarias cualidades de gobierno, pues, enviado por el Papa como legado a Alemania, supo allí defender victoriosamente los derechos de la Iglesia frente a las arbitrariedades del emperador Enrique IV. Al volver de esta legación acababa de morir Gregorio VII.

La situación de la Iglesia era en extremo delicada. Al desaparecer el gran Papa, personificación de la reforma eclesiástica, dejaba tras sí un ejército de hombres eminentes, discípulos o admiradores de sus ideas. Frente a ellos estaban sus adversarios, entre los cuales se hallaban el violento Enrique IV y el antipapa puesto por él, Clemente III. En estas circunstancias fue elegido el Papa Víctor III (1086-1087), antiguo abad de Montecasino, gran amigo de las letras, pero indeciso, reconciliador y poco partidario de las medidas violentas. Pero muerto inesperadamente al año de su pontificado, fue elegido entonces nuestro Otón de Ostia, quien tomó el nombre de Urbano II.

Era, indudablemente, el hombre más a propósito, el hombre providencial en aquellas circunstancias. Dotado de las más eximias virtudes cristianas, era un amante y entusiasta decidido de la reforma eclesiástica, de que ya había dado muestras suficientes. Precisamente por esto su elección fue considerada por todos como el mayor triunfo de las ideas gregorianas, y rápidamente recobraron todo su influjo los elementos partidarios de la reforma eclesiástica. Así lo entendieron también Enrique IV, el antipapa Clemente III y todos los adversarios de la reforma, los cuales se aprestaron a la lucha más encarnizada.

Ya desde el principio quiso el nuevo Papa dar muestras inequívocas de su verdadera posición. En diferentes cartas, dirigidas a los obispos alemanes y franceses, escritas en los primeros meses de su pontificado, expresó claramente su decisión de renovar en todos los frentes la campaña de reforma gregoriana. Así lo manifestó en el concilio Romano de la cuaresma de 1089, y, sobre todo, así lo proclamó en el concilio de Melfi, de septiembre del mismo año, en el que se renovaron las disposiciones contra la simonía, contra el concubinato y contra la investidura laica, y que constituye el programa que Urbano II se proponía realizar en su gobierno.

Mas, por otra parte, con su carácter más flexible y diplomático con su espíritu de longanimidad y mansedumbre, siguió un camino diverso del que se había seguido anteriormente, y con él obtuvo mejores resultados. Inflexible en los principios y genuino representante de la reforma gregoriana, sabía acomodarse a las circunstancias, procurando sacar de ellas el mayor partido posible. Símbolo de su modo de proceder son Felipe I de Francia, vicioso y afeminado, pero hombre en el fondo de buena voluntad, y Enrique IV de Alemania, bien conocido por sus veleidades y mala fe. Del primero procuró sacar lo que pudo con concesiones y paternales amonestaciones. Con el segundo ni siquiera lo intentó, manteniendo frente a él los principios de reforma y alentando siempre a los partidarios de la misma.

Con clara visión sobre la necesidad de intensificar el ambiente general de reforma fomentó e impulsó los trabajos de los apologistas. Movidos por este impulso pontificio, muchos y acreditados escritores lanzaron al público importantes obras, que contribuyeron eficazmente a que ganaran terreno y se afianzaran las ideas de reforma. Así Gebhardo de Salzburgo compuso una carta, dirigida a Hermann de Metz, típico representante de la oposición a la reforma, en la que defiende con valiente argumentación la justicia del Papa. Bernardo de Constanza dirigió a Enrique IV un tratado, en el que establece como base la expresión de San Mateo (18, 17): "El que rehusa escuchar a la Iglesia sea para ti como un pagano y un publicano"; y poco después publicó una verdadera apologética de la reforma. Otro escritor insigne, Anselmo de Lucca, redactó una obra contra Guiberto, es decir, el antipapa Clemente III. Indudablemente este movimiento literario, impulsado por Urbano II, fue un arma poderosa y eficaz para la realización de la reforma.

Así, pues, mientras con prudentes concesiones y convenios ventajosos para la Iglesia Urbano II logró robustecer su influjo en Francia, España, Inglaterra y otros territorios, en Alemania siguió la lucha abierta y decidida con Enrique IV. En Francia mantuvo con energía la santidad del matrimonio cristiano frente al divorcio realizado por el rey al separarse de la reina Berta, llegando en 1094 a excomulgarlo; mas, por otra parte, en la cuestión de la investidura laica, por la que los príncipes defendían su derecho de nombramiento de los obispos, llegó a un acuerdo, que fue luego la base de la solución final y definitiva: el rey renunciaba a la investidura con anillo y báculo, dejando a los eclesiásticos la elección canónica; pero se reservaba la aprobación de la elección, que iba acompañada de la investidura de las insignias temporales. También en Inglaterra tuvo que mantenerse enérgico Urbano II frente al rey Guillermo, quien, a la muerte de Lanfranco, no quería reconocer ni a Urbano II ni al antipapa Clemente III; pero al fin se llegó a una especie de reconciliación.

El resultado fue un robustecimiento extraordinario del prestigio pontificio y de la reforma eclesiástica por él defendida. El espíritu religioso aumentaba en todas partes. Los cluniacenses se hallaban en el apogeo de su influjo y por su medio la reforma penetraba en todos los medios sociales. El estado eclesiástico iba ganando extraordinariamente, por lo cual se formaban en muchas ciudades grupos de canónigos regulares, de los cuales el mejor exponente fueron los premonstratenses, fundados poco después.

Es cierto que, durante casi todo su pontificado, Urbano II se vio obligado a vivir fuera de Roma, pues Enrique IV mantenía allí al antipapa Clemente III. Pero, esto no obstante, desplegó una actividad extraordinaria y fue constantemente ganando terreno. En una serie de sínodos, celebrados en el sur de Italia, renovó las prescripciones reformadoras, proclamadas al principio de su gobierno. Pero donde apareció más claramente el éxito y la significación del pontificado de Urbano II fue en los dos grandes concilios de Piacenza y de Clermont, celebrados en 1095.

En el gran concilio de Piacenza, celebrado en el mes de marzo ante más de cuatro mil clérigos y treinta mil laicos reunidos, proclamó de nuevo los principios fundamentales de reforma. Pero en este concilio presentáronse los embajadores del emperador bizantino, en demanda de socorro frente a la opresión de los cristianos en Oriente. Así, pues, Urbano II trató de mover al mundo occidental a enviar al Oriente el auxilio necesario para defender los Santos Lugares. Fue el principio de las Cruzadas; mas, como se trataba de un asunto de tanta trascendencia, se determinó dar la respuesta definitiva en otro concilio, que se celebraría en Clermont.

Efectivamente, dedicáronse inmediatamente gran número de predicadores del temple de Pedro de Amiéns, llamado también Pedro el Ermitaño, a predicar la Cruzada en todo el centro de Europa. Urbano II, con su elocuencia extraordinaria y el fervor que le comunicaba su espíritu ardiente y entusiasta, contribuyó eficazmente a mover a gran número de príncipes y caballeros de la más elevada nobleza. El resultado fue el gran concilio de Clermont, de noviembre de 1095, en el que, en presencia de catorce arzobispos, doscientos cincuenta obispos, cuatrocientos abades y un número extraordinario de eclesiásticos, de príncipes y caballeros cristianos, se proclamaron de nuevo los principios de reforma y la Tregua de Dios. Después de esto, a las ardientes palabras que dirigió Urbano II, en las que describió con los más vivos colores la necesidad de prestar auxilio a los cristianos de Oriente y rescatar los Santos Lugares, respondieron todos con el grito de Dios Lo quiere, que fue en adelante el santo y seña de los cruzados. De este modo se organizó inmediatamente la primera Cruzada, cuyo principal impulsor fue, indudablemente, el papa Urbano II.

Después de tan gloriosos acontecimientos, mientras Godofredo de Bouillón, Balduino y los demás héroes de la primera Cruzada realizaban tan gloriosa empresa, Urbano II continuaba su intensa actividad reformadora. En las Navidades de 1096 pudo, finalmente, entrar en Roma, donde celebró una gran asamblea o sínodo en Letrán. En enero de 1097 celebró otro importante concilio en Roma; otro de gran trascendencia en Bari, en octubre de 1088; pero el de más significación de estos últimos años fue el de la Pascua, celebrado en Roma en 1099, donde, en presencia de ciento cincuenta obispos, proclamó de nuevo los principios de reforma y la prohibición de la investidura laica.

Poco después, en julio del mismo año 1099, moría el santo papa Urbano II, sin conocer todavía la noticia del gran triunfo final de la primera Cruzada, con la toma de Jerusalén, ocurrida quince días antes.

En realidad, el Beato Urbano II fue digno sucesor en la Sede Pontificia de San Gregorio VII y digno representante de los intereses de la Iglesia en la campaña iniciada de la más completa renovación eclesiástica. En ella tuvo más éxito que su predecesor, logrando transformar en franco triunfo y en resultados positivos la labor iniciada por sus predecesores. Esta impresión de avance y de triunfo aparece plenamente confirmada y enaltecida con el principio de una de las más sublimes epopeyas de la Iglesia y de la Edad Media cristiana, que son las Cruzadas, y con el éxito final de la primera, que es la conquista de Tierra Santa y la formación del reino de Jerusalén con que termina este glorioso pontificado. Por eso la memoria de Urbano II va inseparablemente unida a la primera Cruzada, la única plenamente victoriosa.
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BERNARDINO LLORCA, S. I.

julio 28, 2013

San Víctor I, Papa y Mártir

San Víctor I, Papa y Mártir
Julio 28

14 -San Víctor I: Africa; 189-199.
Nació en Africa. Mártir. Elegido papa en 189, murió en 199. Estableció que para el autismo en caso de urgencia se pudiese usar cualquier agua. Fue memorable su lucha contra los Obispos del Asia y Africa, para que la Pascua se celebrase según el rito romano y no con el hebraico.

San Victor I (189-199) Era africano. Su pontificado coincidió con un período tranquilo y favorable para el Cristianismo, gracias a la influencia ya la protección de dos mujeres: Marcia y Julia Domna, respectivas esposas de Cómodo y de Septimio Severo. De esta forma pudo dirigir su labor a la solución de algunos problemas importantes.

Para oponerse al gnosticismo ya otras formas herejes que iban asentándose, convocó un concilio en el año 198. El concilio fue una buena ocasión para dirimir y resolver cuestiones de carácter religioso y disciplinario.






Víctor era proclive a no aconsejar, sino a imponer a las otras Iglesias el juicio de Roma, produciendo a veces el resentimiento de algunos obispos que no tenían tendencia a aceptar tales imposiciones. Fue el caso de Policrates, obispo de Éfeso, que se ofendió por esta ingerencia. El tema era de nuevo la Pascua. Víctor reiteró las decisiones de Sotero y Eleuterio, tanto por lo que concernía la fecha, que tenía que ser un domingo, como la presencia de algunas costumbres procedentes del judaísmo, y aún perpetuadas en algunas comunidades cristianas. Por ejemplo comer el cordero pascua.

Para suprimir estas costumbres, y para unificar los ritos en todas las Iglesias, Víctor encomendó a Policrates que convocara la reunión de un concilio. La conclusión conciliar fue que se declaró lícito para todos respetar sus propios ritos y costumbres. Policrate se justificó ante el Papa con una carta, en la que entre otras cosas afirmaba: "...hay que obedecer más a Dios que a los hombres". Con el tiempo todas las Iglesias se uniformaron.
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San Inocencio I, Papa

San Inocencio I, Papa
Marzo 12 - Julio 28

40 -San Inocencio I: Roma; Diciembre 22, 401- Marzo 12, 417.
Nació en Albano. Elegido el 22.XII.401, murió el 12.III.417. Durante su pontificado vio el saqueo de Roma por los godos de Alarico. Estableció la observancia de los ritos romanos en Occidente, el catálogo de los libros canónicos y reglas monásticas. Obtiene de Honorio la prohibición de las luchas en el circo entre gladiadores.
Martirologio Romano: En Roma, en el cementerio de Ponciano, junto al “Oso peludo”, sepultura de san Inocencio I, papa, que defendió a san Juan Crisóstomo, consoló a san Jerónimo y aprobó a san Agustín. 417.

Nació en la segunda mitad del siglo IV y parece ser que en Albano, aunque documentalmente no pueda demostrarse con certeza. Fue elegido papa en el año 401, como sucesor de Anastasio I.

Consiguió que se reconociese su autoridad papal en Iliria, región montañosa situada en la región nororiental del Adriático que hoy corresponde a Bosnia y Dalmacia.

Expulsó de la Ciudad Eterna a los perseguidores y detractores de san Juan Crisóstomo, a pesar de la oposición del emperador Arcadio (407). Pero no pudo, a pesar de sus esfuerzos y negociaciones, evitar el saqueo de Roma por Alarico el 24 de agosto del año 410.

A petición de san Agustín, condenó la herejía pelagiana (417).

Con respecto al gobierno que debió ejercer en Hispania, hay que mencionar la carta dirigida a Exuperio, obispo de Tolosa, dándole normas para la reconciliación y admisión a la comunión a los que una vez bautizados se entregaran de modo pertinaz a los placeres de la carne. De alguna manera, modera la disciplina, en vigor hasta entonces, contemplada en los concilios de Elvira y de Arlés y propiciada por las iglesias africanas; eran normas un tanto rigoristas extremadamente extrañas para nuestra época, que negaban la admisión a la comunión de este tipo de pecadores incluso en el momento de la muerte, aunque se les concediera fácilmente la posibilidad de la penitencia. Reconoce en su escrito que hasta ese momento ´la ley era más duraª, pero que no quiere adoptar la misma aspereza y dureza que el hereje Novaciano. De todos modos no presume de innovaciones, ni se presenta como detentor de un liberalismo laxo; justifica plenamente las normas anteriores, afirmando que esa praxis era la conveniente en aquel tiempo.

En el 416, cuando quiere recordar a los obispos españoles la autoridad indiscutida del obispo de Roma y la obediencia que le deben desde España, escribe una carta en la que afirma que en toda Italia, Francia, Hispania, África y Sicilia sólo se han instituido iglesias por Pedro o por sus discípulos. Esta carta es empleada como argumento documental muy importante por quienes desautorizan la antiquísima tradición que sostiene la predicación del Apóstol Santiago en España y la conjetura fundada de la visita del apóstol Pablo a este extremo del Imperio.

Interviene también por los años 404-405 para restaurar la paz entre los obispos de Hispania, después de las resoluciones cristológicas antipriscilianistas del concilio de Toledo del año 400; recomienda el reconocimiento de la autoridad y gobierno episcopal de los que fueron ordenados por partidarios de Prisciliano pero que continúan profesando la fe verdadera al aceptar la consubstancialidad del Hijo con el Padre y la unicidad de Persona en Cristo.


Ocupó la Sede de Pedro hasta su muerte el 12 de marzo de 417.

En muchos lugares se lo sigue recordando el 28 de julio, aunque en el nuevo Martirologio Romano su fiesta es el 12 de marzo

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Fuente: oremosjuntos.com

julio 27, 2013

San Celestino I, Papa

San Celestino I, Papa  
Abril 6 - Julio 27

43 -San Celestino I: Campania; Septiembre 10, 422- Julio 27, 432.
Nació en Roma. Elegido el 10.IX.422, murió el 27.VII.432. Proclamó el 3º Concilio Ecuménico en el que fueron condenados los secuaces de Nestorio. Patriarca de Constantinopla. Mandó a S. Patricio en Irlanda. Por primera vez se cita el "bastone pastorale".
Martirologio Romano: En Roma, en el cementerio de Priscila, en la vía Salaria, san Celestino I, papa, que se preocupó de que la Iglesia se mantuviese en la verdadera fe y ampliase sus límites, instituyó el episcopado en Gran Bretaña e Irlanda y promovió la celebración del Concilio de Éfeso, en el que se condenó a Nestorio y se saludó a María como Madre de Dios (432).




Papa del 10 de septiembre de 422 al 27 de julio de 432

Nada se conoce de su historia antigua, excepto que fue un romano y que el nombre de su padre fue Priscus. Se dice que vivió durante un tiempo en Milán con San Ambrosio. La primera noticia, sin embargo, que está consignada en un documento de San Inocencio I, en el año 416, indica que Celestino habría sido un diácono.


En 418, San Agustín le escribió de una manera reverencial. El sucedió a San Bonifacio I, como papa, el 10 de septiembre de 422 (de conformidad con Tillemont, aunque los bollandistas indican como fecha el 3 de noviembre). Murió el 26 de julio de 432, habiendo cumplido en el pontificado nueve años, diez meses y dieciséis días. A pesar de los tiempos tumultuosos de Roma, fue electo sin ninguna oposición, tal y como se dice en una carta de San Agustín (Epist., cclxi).

La misma fue escrita al pontífice muy poco después de haber sido nombrado como tal. En ella, el gran doctor le pide su asistencia en arreglar las dificultades con Antonio, Obispo de Fessula en Africa.

San Celestino I, sucesor de Bonifacio I, era un hombre de mucha energía y al mismo tiempo de conmovedora liberalidad. Mientras se preocupaba por la restauración de Roma, no perdía de vista los intereses espirituales de toda la cristiandad. Defendía el derecho del Papa y de recibir apelaciones por parte de cualquier file, laico o clérigo, y respondía con solicitud.

Al Papa se le pedía sobre todo establecer normas según las cuales todo file tenía que conformar su propia conducta. De estas respuestas, que se conocen con el nombre de Decretales, tomó forma el primer embrión del derecho canónico.

Escribió cartas a los obispos para corregir abusos, disipar dudas doctrinales, combatir herejías, o simplemente para prohibir a los obispos llevar el cinturón o el manto propios de los monjes. Tuvo correspondencia con el amigo obispo de Hipona, San Agustín, cuya doctrina, a un año de la muerte, defendió calurosamente en la disputa antipelagiana, con palabras que consagraron definitivamente la autoridad y la santidad.

Los últimos días del pontificado de Celestino se caracterizaron por la lucha en el este en contra de la herejía de Nestorius. Nestorius quien había llegado a ser Obispo de Constantinopla en 428, primero dio una gran satisfacción, tal y como podemos ver en una carta dirigida por él a Celestino. Pronto se levantaron sospechas de su ortodoxia por recibir amablemente a los pelagianos, que habían sido rechazados por el papa en Roma. Poco después, rumores sobre sus enseñanzas acerca de la personalidad dual de Cristo, llegaron a Roma. Celestino comisionó a Cirilo de Alejandría para que investigara e hiciera un reporte.


Cirilo encontró que Nestorius profesaba abiertamente sus herejías y envió un recuento completo de la situación a Celestino. En un Sínodo en Roma (430) el Papa condenó solemnemente los errores de Nestorius, y ordenó a Cirilo que en su nombre, procediera contra el hereje quien fue incomunicado y depuesto, a menos que en diez días hiciera una declaración por escrito mediante la cual se retractara de sus errores.

En cartas escritas en el mismo día a Nestorius, a los clérigos, la gente de Constantinopla, Juan de Antioquia, Juvenal de Jerusalem, Rufus de Thessalonica, y Flavian de Filipi, Celestino anuncia la sentencia contra Nestorius y comisiona a Cirilo para que ejecute la decisión. De manera simultánea, restaura a todos los que habían sido excomunicados o privados de derechos por Nestorius.

Cirilo envía la sentencia papal y su propio anatema a Nestorius. El emperador ahora establece un concilio general que ser reunirá en Efesio. A este concilio Celestino envia como delegados a Arcadius, y Projectus, obispos, y a Filipo, un sacerdote, quienes deben actuar en coordinación con Cirilo. Sin embargo, ellos no estuvieron involucrados en discusiones, sino que debían juzgar las opiniones de otros. Celestino in todas sus cartas aume que su propia decisión es ya la final, y Cirilo y el concilio se manifiesta “compelido por los cánones sagrados y las cartas de Nuestro Más Santo Padre, Celestino, Obispo de la Iglesia Romana.”

El último acto oficial de Celestino, fue enviar a San Patricio a Irlanda, quizá sobrepasando todas las expectativas en esta acción de grandes consencuencias para el bien. Ya había enviado con anterioridad (431) a Palladius como obispo de los “Scots (i.e. irlandeses) creyentes en Cristo.” Pero Palladius abandonó pronto su misión en Irlanda y murió al año siguiente en Bretaña.

El Papa Celestino I murió el 27 de julio del año 432, y fue sepultado en el cementerio de Priscila, en una capilla adornada con frescos que representaban los episodios del reciente Concilio de Éfeso, que había proclamado solemnemente la maternidad divina de María.

En el año 817 las reliquias del Santo Pontífice fueron trasladadas a la basílica de Santa Práxedes, y parte de ellas parece que fueron llevadas a la catedral de Mantua.
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Autor: Xavier Villalta
fuente: ENCICLOPEDIA CATÓLICA

julio 19, 2013

San Símaco, Papa

San Símaco, LI Papa
Julio 19

51 -San Símaco (Symmachus): Serdeña; Noviembre 22, 498 -Julio 19, 514.
Nació en Serdeña. Elegido el 22.XI.498, murió el 19.VII.514. Consolidó los bienes eclesiásticos, llamándolos beneficios estables a usufructo de los clérigos. Rescató todos los esclavos dándoles la libertad. Se le atribuye la primera construcción del Palacio Vaticano.
Martirologio Romano: En Roma, en la basílica de San Pedro, san Símaco, papa, a quien los cismáticos amargaron durante largo tiempo la vida y murió finalmente como un auténtico confesor de la fe. († 514)

El Líber Pontificalis afirma que san Símaco era hijo de un tal Fortunato y que nació en Cerdeña. Recibió el bautismo en Roma, donde llegó a ser archidiácono del papa Anastasio II, a quien sucedió en el pontificado el año 490. Pero el día mismo de la elección de san Símaco, una minoría del clero, que simpatizaba con Bizancio, se reunió en Santa María la Mayor y eligió papa a Lorenzo, arcipreste de Santa Práxedes. En la empresa les ayudó, con dinero, un senador llamado Festo, a quien Anastasio, el emperador de Constantinopla que debía proteger más tarde a los monofisitas, había pagado para que procurase que el nuevo papa confirmase el documento imperial conocido con el nombre de «Nenótikon de Zenón», condenado por su predecesor.

Tanto san Símaco como Lorenzo apelaron al arriano Teodorico, rey de Ravena, quien zanjó la cuestión en favor de san Símaco, porque éste había sido elegido antes que Lorenzo y por un número mayor de miembros del clero. Teodorico aprovechó la ocasión para afirmar que Símaco «amaba al clero y al pueblo y era bueno, prudente, amable y gracioso». Sin embargo, la sentencia de Teodorico no puso fin a las dificultades que habían de perturbar la primera mitad del pontificado de san Símaco.

El nombre del santo no figura en los martirologios más antiguos, y apenas sabemos algo sobre su vida. Cuando Trasimundo, el rey arriano, desterró a Cerdeña a muchos obispos del África, San Símaco les envió dinero y vestidos para ellos y sus fieles. Todavía se conserva la carta que les escribió para consolarlos y que les envió junto con algunas reliquias de mártires. San Símaco fundó tres posadas para los pobres, socorrió a las víctimas de las incursiones de los bárbaros en el norte de Italia y rescató a numerosos cautivos. También decoró o restauró varias iglesias de Roma y construyó las basílicas de San Andrés, de San Pancracio extra muros y de Santa Inés, en la Vía Aurelia.

Según la costumbre de la época, todos estos hechos se conmemoraron en inscripciones. En una de ellas, refiriéndose al fin de las dificultades con el antipapa Lorenzo, san Símaco dice: «Los lobos han cesado de mordernos».

El santo Pontífice murió el 19 de julio de 514 y fue sepultado en San Pedro.
(514 d. C.) El Líber Pontificalis afirma que San Símaco era hijo de un tal Fortunato y que nació en Cerdeña. Recibió el bautismo en Roma, donde llegó a ser archidiácono del Papa Anastasio II, a quien sucedió en el pontificado el año 49o. Pero el día mismo de la elección de San Símaco, una minoría del clero, que simpatizaba con Bizancio, se reunió en Santa María la Mayor y eligió Papa a Lorenzo, arcipreste de Santa Práxedes. En la empresa les ayudó, con dinero, un senador llamado Festo, a quien Anastasio, el emperador de Constantinopla que debía proteger más tarde a los monofisitas, había pagado para que procurase que el nuevo Papa confirmase el documento imperial conocido con el nombre de "Nenótikon de Zenón", condenado por su predecesor.

Tanto San Símaco como Lorenzo apelaron al arriano Teodorico, rey de Ravena, quien zanjó la cuestión en favor de San Símaco, porque éste había sido elegido antes que Lorenzo y por un número mayor de miembros del clero. Teodorico aprovechó la ocasión para afirmar que Símaco "amaba al clero y al pueblo y era bueno, prudente, amable y gracioso." Sin embargo, la sentencia de Teodorico no puso fin a las dificultades que habían de perturbar la primera mitad del pontificado de San Símaco.

El nombre del santo no figura en los martirologios más antiguos, y apenas sabemos algo sobre su vida. Cuando Trasimundo, el rey arriano, desterró a Cerdeña a muchos obispos del África, San Símaco les envió dinero y vestidos para ellos y sus fieles. Todavía se conserva la carta que les escribió para consolarlos y que les envió junto con algunas reliquias de mártires. San Símaco fundó tres posadas para los pobres, socorrió a las víctimas de las incursiones de los bárbaros en el norte de Italia y rescató a numerosos cautivos. También decoró o restauró varias iglesias de Roma y construyó las basílicas de San Andrés, de San Pancracio extra muros y de Santa Inés, en la Vía Aurelia. Según la costumbre de la época, todos estos hechos se conmemoraron en inscripciones. En una de ellas, refiriéndose al fin de las dificultades con el antipapa Lorenzo, San Símaco dice: "Los lobos han cesado de mordernos." El santo Pontífice murió el 19 de julio de 514 y fue sepultado en San Pedro.
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La figura de San Símaco pertenece a la historia general de la Iglesia, de suerte que su biografía detallada puede verse en obras como la de Hefele-Leclerq, Conciles, vol. II, pp. 957-973, 1349-1372; Grisar, Geschichte Roms und der Päpstum, etc. Cf. Duchesne, L´Eglise au VIe. siécle (1925), pp. 113-130. Véase también el Líber Pontificalis (Duchesne), vol. I, pp. CXXXIII ss., 44-46 y 260-263. Las cartas de San Símaco se hallan en Thiel, Epp. Rom. Pont.
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julio 17, 2013

San León IV, Papa

San León IV, Papa
Julio 17


103 -San León IV: Roma; Enero (Abril 10), 847- Julio 17, 855.
Nació en Roma. Elegido el 10.IV.847, murió el 17.VII.855. Fue el primer pontífice que puso la fecha sobre los documentos oficiales. Confirmó a los venetos el derecho a elegirse el Doge. Edificó las murallas que delimitan la "Ciudad Leonina" y alrededor a la colina Vaticana.
Martirologio Romano: En Roma, en la basílica de San Pedro, san León IV, papa, protector de la ciudad y defensor del primado de Pedro.
(855 d. C.) León era romano de nacimiento, pero probablemente de origen lombardo. Recibió su educación en el monasterio benedictino de San Martín, cerca de San Pedro. Las cualidades del joven llamaron la atención de Gregorio IV, quien le nombró subdiácono de la basílica de Letrán y más tarde cardenal-presbítero, titular de "Quatuor Coronad." A la muerte de Sergio II, el año 847, León fue elegido para sucederle en el pontificado. El nuevo Papa fue consagrado sin consultar al emperador, ya que los romanos, aterrados ante la perspectiva de una invasión sarracena, querían ver la cátedra de San Pedro ocupada por un hombre decidido y bueno, por más que la idea no sonreía a San León.


Lo primero que hizo fue prepararse para el ataque de los sarracenos y mandó reparar y reforzar las murallas de la ciudad, pues en los años precedentes, los sarracenos habían penetrado por el Tíber y se habían entregado al saqueo. La lista de las donaciones de San León a las diversas iglesias ocupa veinte páginas del Líber Pontificalis. Además, hizo llevar a Roma las reliquias de numerosos santos, entre las que se contaban las de los Cuatro Coronados, que el Papa mandó depositar en la basílica que había reconstruido en su honor. Pero, por grandes que hayan sido estas realizaciones, quedaron eclipsadas por la magna empresa de la construcción de una muralla alrededor de la colina Vaticana. Tal fue el origen del predio que desde entonces se conoce con el nombre de "la ciudad Leonina."

Sin embargo, San León sabía que las más poderosas murallas son incapaces de defender a un pueblo contra la cólera divina y que un clero negligente o rebelde corrompe a los fieles y provoca esa cólera. Así pues, el año 853 reunió en Roma un sínodo, cuyos cuarenta y dos cánones se referían, en gran parte, a la disciplina y los estudios del clero. El sínodo hubo de tomar también ciertas medidas contra el cardenal Anastasio, quien intrigaba con el emperador Lotario I para obtener la sucesión del pontificado. San León hizo también frente al violento y rebelde arzobispo Juan de Ravena y a su hermano, el duque de Emilia, que habían asesinado a un legado pontificio.

El Papa se trasladó a Ravena, donde juzgó y condenó a muerte al duque y a dos de sus cómplices; pero como la sentencia fue dictada en el tiempo pascual, en que no se podía ejecutar a nadie, los asesinos escaparon con vida. San León tuvo también ciertas dificultades con el duque de la Gran Bretaña, Neniónos, quien se arrogó el poder de establecer una sede metropolitana en su territorio; con San Ignacio, patriarca de Constantinopla, el cual depuso al obispo de Siracusa; y con un soldado llamado Daniel, quien acusó falsamente al Pontífice ante el emperador, de tramar una conspiración con los griegos y los francos. Por último, San León tuvo que defenderse también de Hincmar, arzobispo de Reims, el cual le había acusado de impedir que los clérigos depuestos apelasen a la Santa Sede. El enérgico Pontífice falleció en medio de esas pruebas, el 17 de julio de 855.

San León IV fue un hombre que supo combinar la liberalidad y la justicia con la paciencia y la humildad. Cierto que sus principales realizaciones fueron de orden político y temporal; pero ello se debió a los tiempos en que vivió y al hecho de que la historia olvida muy fácilmente la grandeza espiritual, o se preocupa muy poco por ella. San León fue un buen predicador, por lo que se le ha atribuido, aunque probablemente sin razón, la homilía sobre el "Cuidado pastoral" del Pontificale. Por su entusiasmo por el canto en las iglesias romanas, San León fue un precursor de San Pío X.

Todavía se conserva una carta que escribió sobre ese tema a un abad: "Ha llegado a nuestros oídos un rumor increíble... Se dice que tenéis tal aversión por el armonioso canto gregoriano..., que no sólo disentís de su práctica en esta diócesis tan próxima, sino en toda la Iglesia occidental y de todos aquéllos que emplean la lengua latina en las alabanzas al Rey del cielo..." En seguida, el Papa amenazaba con la excomunión al abad, en caso de obstinarse contra "el supremo jefe religioso" en la cuestión del culto.

El pueblo atribuyó a San León varios milagros, entre otros el de haber detenido un gran incendio en el "borgo" romano con la señal de la cruz. A pesar de las objeciones de los historiadores, parece cierto que Alfredo el Grande, que no tenía entonces sino cuatro años, recibió en Roma, de manos de San León, el título honorario de "Cónsul Romano" (que no equivalía a la consagración regia). Algunos historiadores atribuyeron erróneamente a San León la institución del rito del "Asperges" antes de la misa dominical.
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La principal fuente es el Líber Pontificalis con las notas de Duchesne. Pero también se encuentran ciertos datos en las crónicas de Hincmar de Reims y en las cartas del Pontífice. Véase sobre todo a Mann, en Lives of the Popes, vol. II, pp. 258-307; y Acta Sanctorum, julio, vol. IV.
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Tomado de: oremosjuntos.com